LA LEALTAD
Eso es lo
que el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) demanda de sus
subordinados, de los legisladores de su partido y de partidos aliados; de
gobernadores y alcaldes del oficialismo.
Lo ha dicho
en muchas ocasiones, para él lo más importante en un servidor/funcionario
público es 90% lealtad y 10% preparación.
Es decir, no
importa que sean unos incompetentes que se equivoquen continuamente, con lo que
ello cuesta en tiempo, dinero y esfuerzo para el país; si son leales al “proyecto
de transformación” (decidido sólo por AMLO) y “al pueblo” (encarnado en
AMLO), entonces sus errores, impreparación, incluso su corrupción (como Ignacio
Ovalle Fernández que desfalcó más de 10 mil millones de pesos de Seguridad
Alimentaria Mexicana) o sus vínculos con el crimen organizado (como el caso del
gobernador de San Luis Potosí), son ignorados.
Todo lo que
importa es ser leal a las grandiosas ideas, ocurrencias, caprichos y estupideces
del “gran líder”. Si no externas críticas, dudas, ni te inconformas, o te
opones a lo que piensa, dice, decide el “amado líder”, formarás parte del
paraíso.
De lo
contrario, sin importar que no hayas trabajado para los gobiernos neoliberales,
ni seas corrupto o estés vinculado con el crimen organizado, te conviertes ipso
facto en un “conservador”, “nazi-fascista” y “enemigo del pueblo”.
Es el
maniqueísmo a su máxima expresión; llevado incluso a niveles ridículos, si no
fuera tan peligroso, pues los deseos, órdenes y ocurrencias del “grandioso
líder”, se convierten en políticas públicas que dañan irremediablemente el
tejido social, la paz pública, el desarrollo económico y la estabilidad
política.
Así, un
atentado contra un periodista crítico del gobierno, Ciro Gómez Leyva, en vez de
generar una preocupación seria en el gobierno ante el aumento de ataques a
comunicadores y periodistas (19 asesinados en lo que va del 2022; el año más
letal contra los periodistas en lo que va del siglo), AMLO lo ha convertido en
una victimización de su persona, señalando que el susodicho atentado es para
afectarlo a él y a su gobierno.
Así, de
autoridad obligada a investigar el suceso y a otorgar las garantías necesarias
para que los comunicadores y periodistas ejerzan su profesión con libertad y
seguridad; en cosa de dos días, se ha convertido en “una campaña en contra de
su gobierno”.
AMLO es un
megalómano: La megalomanía es un trastorno de personalidad caracterizada porque
la persona tiene ideas de grandeza (“soy el más grande presidente de la
historia de México”), de manera que puede mentir (miles de mentiras expresadas
en sus conferencias “mañaneras”), manipular o exagerar (“todos están contra mí…soy
una víctima”) algunas situaciones o a las personas, a fin de conseguir sus
objetivos.
AMLO es un
ególatra: Alguien que tiene una admiración excesiva hacia su propia persona (“yo
encarno al pueblo”; “soy el mejor presidente de la historia de México”).
AMLO es un
narcisista: El trastorno de personalidad narcisista, es un trastorno mental en
el cual las personas tienen un sentido desmesurado de su propia importancia (“yo
estoy realizando la Cuarta Transformación de la Vida Nacional”); una necesidad
profunda de atención excesiva (“véanme y escúchenme todos los días en mi
conferencia de prensa”) y admiración (“soy el segundo presidente mejor evaluado
en el mundo”); relaciones conflictivas (permanente provocación y ataques a
periodistas, “conservadores”, “fifis”, intelectuales, académicos, científicos,
clases medias, gobiernos de otros países; empresarios, feministas,
ambientalistas, etc.) y una carencia de empatía por los demás (“la única
víctima soy yo”).
Estamos “gobernados”
(es un decir) por un enfermo mental, que está llevando al país a un nada velado
autoritarismo, sin contrapesos, con una presencia desmesurada de las fuerzas
armadas; con cárteles del narcotráfico y organizaciones criminales más poderosos
que nunca antes; con la misma política económica neoliberal y los mismos
oligarcas enriqueciéndose obscenamente; con la misma subordinación hacia Estados Unidos; y la misma concentración
del poder político (y cada vez más económico) en un sólo grupo, que pretende
mantenerlo por décadas, a través del control de los organismos electorales.
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