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Zapata

miércoles, 21 de diciembre de 2022

 LA LEALTAD

Eso es lo que el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) demanda de sus subordinados, de los legisladores de su partido y de partidos aliados; de gobernadores y alcaldes del oficialismo.

Lo ha dicho en muchas ocasiones, para él lo más importante en un servidor/funcionario público es 90% lealtad y 10% preparación.

Es decir, no importa que sean unos incompetentes que se equivoquen continuamente, con lo que ello cuesta en tiempo, dinero y esfuerzo para el país; si son leales al “proyecto de transformación” (decidido sólo por AMLO) y “al pueblo” (encarnado en AMLO), entonces sus errores, impreparación, incluso su corrupción (como Ignacio Ovalle Fernández que desfalcó más de 10 mil millones de pesos de Seguridad Alimentaria Mexicana) o sus vínculos con el crimen organizado (como el caso del gobernador de San Luis Potosí), son ignorados.

Todo lo que importa es ser leal a las grandiosas ideas, ocurrencias, caprichos y estupideces del “gran líder”. Si no externas críticas, dudas, ni te inconformas, o te opones a lo que piensa, dice, decide el “amado líder”, formarás parte del paraíso.

De lo contrario, sin importar que no hayas trabajado para los gobiernos neoliberales, ni seas corrupto o estés vinculado con el crimen organizado, te conviertes ipso facto en un “conservador”, “nazi-fascista” y “enemigo del pueblo”.

Es el maniqueísmo a su máxima expresión; llevado incluso a niveles ridículos, si no fuera tan peligroso, pues los deseos, órdenes y ocurrencias del “grandioso líder”, se convierten en políticas públicas que dañan irremediablemente el tejido social, la paz pública, el desarrollo económico y la estabilidad política.

Así, un atentado contra un periodista crítico del gobierno, Ciro Gómez Leyva, en vez de generar una preocupación seria en el gobierno ante el aumento de ataques a comunicadores y periodistas (19 asesinados en lo que va del 2022; el año más letal contra los periodistas en lo que va del siglo), AMLO lo ha convertido en una victimización de su persona, señalando que el susodicho atentado es para afectarlo a él y a su gobierno.

Así, de autoridad obligada a investigar el suceso y a otorgar las garantías necesarias para que los comunicadores y periodistas ejerzan su profesión con libertad y seguridad; en cosa de dos días, se ha convertido en “una campaña en contra de su gobierno”.

AMLO es un megalómano: La megalomanía es un trastorno de personalidad caracterizada porque la persona tiene ideas de grandeza (“soy el más grande presidente de la historia de México”), de manera que puede mentir (miles de mentiras expresadas en sus conferencias “mañaneras”), manipular o exagerar (“todos están contra mí…soy una víctima”) algunas situaciones o a las personas, a fin de conseguir sus objetivos.

AMLO es un ególatra: Alguien que tiene una admiración excesiva hacia su propia persona (“yo encarno al pueblo”; “soy el mejor presidente de la historia de México”).

AMLO es un narcisista: El trastorno de personalidad narcisista, es un trastorno mental en el cual las personas tienen un sentido desmesurado de su propia importancia (“yo estoy realizando la Cuarta Transformación de la Vida Nacional”); una necesidad profunda de atención excesiva (“véanme y escúchenme todos los días en mi conferencia de prensa”) y admiración (“soy el segundo presidente mejor evaluado en el mundo”); relaciones conflictivas (permanente provocación y ataques a periodistas, “conservadores”, “fifis”, intelectuales, académicos, científicos, clases medias, gobiernos de otros países; empresarios, feministas, ambientalistas, etc.) y una carencia de empatía por los demás (“la única víctima soy yo”).

Estamos “gobernados” (es un decir) por un enfermo mental, que está llevando al país a un nada velado autoritarismo, sin contrapesos, con una presencia desmesurada de las fuerzas armadas; con cárteles del narcotráfico y organizaciones criminales más poderosos que nunca antes; con la misma política económica neoliberal y los mismos oligarcas enriqueciéndose obscenamente; con la misma subordinación  hacia Estados Unidos; y la misma concentración del poder político (y cada vez más económico) en un sólo grupo, que pretende mantenerlo por décadas, a través del control de los organismos electorales.

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