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Revolucionario

miércoles, 8 de julio de 2020


EL DISCURSO DE LÓPEZ OBRADOR
Acaban de dar sendos discursos en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca, los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump y de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), respectivamente; con motivo de la firma de una insubstancial Declaración Conjunta para celebrar la entrada en vigor del T-MEC (USMCA por sus siglas en inglés), y para reafirmar los lazos de amistad entre ambos países.
Trump dio un discurso moderado, en el que exaltó la cooperación entre ambos países en varios rubros, subrayando el tema comercial, pero también el “gran trabajo” que las autoridades migratorias de su país han realizado para detener el flujo de indocumentados, haciendo referencia a la ayuda que han recibido de México para lograrlo.
Y también, aprovechando el momento electoral en Estados Unidos, alabó a los 36 millones de mexico-americanos que aportan a la economía y cultura estadounidenses.
Por su parte, López Obrador, muy al estilo de los presidentes mexicanos, se lanzó con un largo discurso en el que destacó que a pesar de las diferencias, e incluso agravios (“que no se olvidan”) entre ambas naciones, ha prevalecido el ánimo de cooperación, respeto mutuo y amistad.
Hizo una extensa y aburrida referencia a las bondades del neoliberal tratado comercial que entró en vigor entre México, Estados Unidos y Canadá desde el pasado 1º de Julio, y subrayó la necesidad de profundizar la integración entre las economías de los tres países.
López Obrador quiso enfatizar que es preferible ver las coincidencias, que las diferencias, y por ello puso como ejemplo las relaciones de Juárez y Lincoln, y Roosevelt y Cárdenas, en sus respectivos momentos históricos.
Pero lo más relevante de todo es que AMLO agradeció a Trump que no haya tratado a México como una “colonia”, ni que lo haya subyugado, ni que lo haya tratado de obligar en ningún sentido, sino que ha respetado la soberanía de México, e incluso que ha respetado a los mexicanos y a los mexico-americanos que viven en Estados Unidos (dijo que son 38 millones), así como a su gobierno y a él mismo; y como lo había adelantado, le agradeció a Trump su “ayuda” en temas comerciales (cuáles), de salud y energéticos.
La realidad es que AMLO intentó desviar el alud de críticas a su visita a Trump, al afirmar que el impredecible presidente de Estados Unidos no ha obligado a nada a México en los 19 meses que López Obrador lleva en la presidencia.
Si esto es así, es decir que las amenazas de Trump en materia económica, política y hasta militar (el envío de tropas a la frontera común), no obligaron a su gobierno a cambiar sus políticas migratoria, de seguridad, laboral y comercial, pues entonces sí que estamos fritos.
Eso quiere decir que AMLO lo hizo por convencimiento propio. O sea que políticas que lastiman profundamente a la población mexicana, a la soberanía del país y a su capacidad de seguir funcionando como una entidad independiente en el concierto de las naciones, no fueron producto de la coerción y el despliegue del poder del gobierno estadounidense, sino que fueron realizadas voluntariamente por el gobierno de la 4T.
De ser cierto esto, entonces sí que ha cambiado profundamente la política interior y exterior de este país, a grado tal que ya no se diferencia en nada de la estadounidense, puesto que según AMLO, todas las exigencias, órdenes y demandas estadounidenses, no eran necesarias, puesto que su gobierno lo haría sin necesidad de ese tipo de rispideces.
Y en esencia, esto fue lo que dijo AMLO ante Trump: “Oye manito, no hay necesidad de que en privado y en público me amenaces, me maltrates o maldigas, ni a mis paisanos acá; vamos a hacer todo lo que nos digas, lo único que te pido es que nos lo digas discretamente, sin insultos, de buena forma… Ah y por cierto, mis paisanos son re te buenos trabajadores, los puedes seguir explotando sin problemas; y hasta deportarlos a nuestro país, pero nomás no les grites mucho, y no me hagas quedar en ridículo a mí; es todo lo que te pido”.
Esta sería la versión tabasqueña de lo que AMLO le fue a solicitar a Trump. Básicamente fue a asegurarle que tiene en él, en su gobierno y en los mexicanos a sus cuates “pa lo que guste y mande”; la única petición es que no se pase de gritón, majadero y altanero. Si hablando suavecito y de buena manera, los mexicanos hacen todo lo que diga el patrón gringo.
En resumidas cuentas, fue un viaje para establecer “el tono” en que Estados Unidos va a seguir diciéndole a AMLO y a su gobierno qué, cuándo y cómo hacer las cosas en la relación bilateral. Y en un descuido, incluso también en otros aspectos en los que Estados Unidos ya no va a ser tan paciente con AMLO, como el caso venezolano, la relación con China y Rusia (no tardan en exigirle a México que expulse a las empresas tecnológicas chinas), e incluso las históricas relaciones con Cuba y Nicaragua (recordemos que por presiones gringas, Peña Nieto expulsó, sin motivo alguno, al embajador de Corea del Norte en México).
Así que, un viaje inútil para el país, pero muy bueno para AMLO, pues se fue a poner a las órdenes de Trump, con un discurso que pretendió ser muy “nacionalista y soberanista”, pero que en realidad significó la declaración de subordinación de México a la potencia hegemónica; con la súplica de que no nos maltraten mucho verbalmente.
Ah, y por cierto, nada se dijo de que Estados Unidos vaya a hacer algo para disminuir su consumo de drogas, que alimenta el narcotráfico; ni sobre la venta de armas a los cárteles desde el vecino del norte; ni el lavado de dinero en su sistema financiero; ni la posibilidad de un camino para la legalización de los 5 ó 6 millones de indocumentados mexicanos; ni la posibilidad de que Estados Unidos aporte dinero para los campamentos de migrantes en la frontera de México, que esperan inútilmente la respuesta del gobierno estadounidense a su solicitud de asilo; ni un compromiso para un mejor trato en los centros de detención del ICE, para los migrantes mexicanos, etc.


Arrecian críticas de inmigrantes y demócratas
David Brooks
Corresponsal
Periódico La Jornada
Miércoles 8 de julio de 2020, p. 5
Nueva York. En espera de la llegada del presidente Andrés Manuel López Obrador a Washington para su cita con Donald Trump en la Casa Blanca este miércoles, el debate sobre el encuentro continuó con líderes de inmigrantes y de legisladores demócratas, que critican una visita del mandatario mexicano que no los incluye, mientras altos funcionarios estadunidenses afirman que será una reunión entre dos líderes que difieren en su ideología pero que comparten el mismo mantra: México primero, por un lado, y America First, por el otro.
La visita de trabajo oficial que comienza hoy tiene tres partes: una reunión privada entre los dos mandatarios, un encuentro con sus respectivos equipos y culmina con una cena con empresarios de ambos países.
Ambos gobiernos han subrayado que la visita está enfocada en el tema de la entrada en vigor del tratado comercial México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC), de cooperación económica y en materia de salud en el combate al coronavirus, entre otros puntos.
Pero de acuerdo con altos funcionarios del gobierno estadunidense, el tema de la migración también será central, sobre todo la cooperación histórica de México en frenar el flujo migratorio ilegal hacia Estados Unidos 85 por ciento, “algo que no podría haberse logrado sin la ayuda de López Obrador… y sus 25 mil guardias nacionales desplegados en sus fronteras norte y sur”.
Estos altos funcionarios, en comentarios antes de la visita a periodistas, resaltaron la cooperación bilateral en la lucha contra el narcotráfico y subrayaron el reciente incremento de extradiciones.
Indicaron, al comentar que López Obrador visitará los monumentos a Benito Juárez y Abraham Lincoln antes de ingresar a la Casa Blanca, que la relación entre esos presidentes del siglo XIX a larga distancia pero respetuosa y firme es la que hemos buscando emular entre los dos líderes actuales.
Más críticas
Decenas de organizaciones de inmigrantes de diversas ciudades de Estados Unidos enviaron una carta abierta a López Obrador en la que expresan su rechazo a la visita, la cual consideran una bofetada en la cara para las familias mexicanas que vivimos en Estados Unidos y sufrimos cuatro años de ataques incesantes del gobierno antimigrante de Trump, sumándose a otros líderes que durante días se han opuesto a la vista o que lamentan que no incluya un encuentro con ellos.
Por otro lado, más legisladores demócratas continuaron criticando la reunión. El senador Robert Menéndez envió una carta a Trump en la cual lamenta la falta de inclusión en la visita de legisladores que ayudaron en la negociación del T-MEC y exige que se aborden soluciones para asuntos de inmigración; en otra misiva a ambos mandatarios por la diputada federal Veronica Escobar, de Texas, los insta a abordar la creciente crisis del Covid-19 en la frontera, incluido en su distrito de El Paso.
Llegada a un país en crisis
El presidente López Obrador arribó este martes a un país golpeado por tres situaciones críticas: una pandemia sin precedente, una crisis económica con algunos efectos comparables a la Gran Depresión y el movimiento de protesta social más grande de la historia de Estados Unidos.
Los casos de coronavirus en Estados Unidos superan 3 millones con más de 130 mil muertes, con un rebrote en decenas de estados, mientras Trump insiste en que la crisis ya está bajo control y que 99 por ciento de los casos son insignificantes. Ochenta por ciento de las muertes podrían haber sido evitadas si el presidente hubiera implementado medidas de mitigación dos semanas antes del inicio de la emergencia, según investigaciones de la Universidad de Columbia –lo cual implica que más de mil mexicanos en este país seguirían vivos.
La pandemia en Estados Unidos ha afectado más a los latinos, sobre todo los inmigrantes, quienes junto con los afroestadunidenses tienen una probabilidad de contagio tres veces más alta que los blancos y una tasa de muerte del doble, reporta The New York Times.
Por otro lado, Trump continúa acelerando su política antimigrante, la cual es clave para su relección. Fuentes del gobierno indican que buscarán, una vez más, anular la orden ejecutiva de Barack Obama de legalización temporal que protege de la deportación a unos 700 mil jóvenes, la gran mayoría mexicanos.
Mientras aún no se rinden cuentas por la separación de miles de niños inmigrantes de sus padres, muchos colocados en jaulas, algunos de los cuales aún no han sido reunidos con sus familias, bajo reglas de emergencia se impide ingresar al país a todo solicitante de asilo.
En tanto, el movimiento Black Lives Matter, que se calcula es la protesta social más grande en la historia de Estados Unidos (con una participación de 17 a 25 millones de ciudadanos), sigue expresándose por todo el país y ha sido declarado enemigo por el presidente y Trump amenaza con reprimirlo con fuerzas militares.

martes, 7 de julio de 2020


CUANDO SE CONFUNDE GIMNASIA CON MAGNESIA
Ayer el presidente López Obrador (AMLO) afirmó que el límite en la relación con Estados Unidos es el “respeto a nuestra soberanía”.[1]
Pues justamente eso es lo que el gobierno de Trump no ha mostrado hacia México.
Con amenazas de sanciones económicas obligó al gobierno mexicano a cambiar su política migratoria, de una de respeto al derecho de los migrantes a solicitar asilo en México y al libre tránsito por nuestro país; a otra en que 27 mil efectivos de la Guardia Nacional fueron apostados en nuestra frontera Sur y en el Istmo de Tehuantepec para detener el flujo migratorio, y restringir el derecho de asilo para los migrantes; sino de jure, sí de facto.
Además, se le obligó a nuestro país a aceptar en su territorio a todos los solicitantes de asilo en Estados Unidos que hubieren entrado por la frontera mexicana, para “esperar” en nuestro país la resolución de su solicitud; lo que ha ocasionado una crisis humanitaria en los campamentos que hay en las ciudades fronterizas mexicanas, y que se profundizará con los riesgos de infección por el coronavirus.
Con amenazas de cerrar la frontera y de catalogar a los cárteles mexicanos de la droga como organizaciones terroristas, el gobierno de Trump obligó al mexicano a mantener y profundizar el combate al narcotráfico, mediante el uso de las fuerzas armadas, continuando así con la misma estrategia que establecieron los gobiernos de Peña Nieto y Calderón.
Así que si el límite es la “soberanía”, pues hace rato que el gobierno de Trump se la pasó por “el arco del triunfo”, como decimos en México.
En el T-MEC[2] hubo que aceptar acuerdos adicionales, como el de los inspectores laborales de Estados Unidos, mediante el cual se verificará que nuestro país cumpla con lo comprometido en el tratado; pero México no tiene la misma facultad de nombrar inspectores en Estados Unidos para verificar el trato, o más bien el maltrato, que se le da a nuestros trabajadores, documentados e indocumentados, en el vecino país.
Pero López Obrador cree que no ha habido ningún acuerdo “que vulnere nuestra soberanía”.
Cualquier “acuerdo” obtenido mediante amenazas económicas, políticas o militares; o mediante la ocupación armada del país invadido, debería considerarse nulo.
Así, el Tratado Guadalupe-Hidalgo del 2 de febrero de 1848, parecería en principio “legal”, porque México lo firmó y aceptó sus términos. Pero da la casualidad, que el país estaba invadido por las tropas estadounidenses. Es como sí “el padrino” apuntara a tu sien una pistola y te dijera “o firmas o te vuelo la cabeza”.
No tan extremo, pero Trump hizo algo similar con AMLO, “o aceptas mis condiciones o te sanciono”. Vaya con la “cooperación internacional” y con el “respeto” que según AMLO Trump ha mostrado hacia nuestro país (o a lo mejor AMLO se conforma con que Trump le muestre respeto a él, llamándolo “amigo”).
Después AMLO sigue confundiendo gimnasia con magnesia cuando dice que “es mejor tener buena relación” con el gobierno de Trump.
Pues si es mejor, si en efecto defiendes los intereses y la soberanía nacional, no si te subordinas y aceptas todo tipo de demandas, exigencias y ordenes, de lo contrario te sancionan económica y políticamente.
Está claro que AMLO no entiende ni jota de política internacional, y cree que si hace lo que le ordena el “bully” pues tendrá una buena relación con él; y según AMLO, eso es ser muy inteligente porque no se está peleando con “Sansón a las patadas”.
Si nadie dice que se pelee porque sí con Trump y con el gobierno de Estados Unidos, sino que defienda al país y sus intereses; y para ello no necesita insultar, ni hacer grandes declaraciones, sino entender que ceder todo el tiempo y en todos los rubros de la relación bilateral ante Estados Unidos, nada más para evitar tener problemas, provoca que esta política de CHANTAJE PERMANENTE se la apliquen a él, y por lo tanto al país, una y otra vez; provocando en los hechos la desaparición de la soberanía, puesto que con tal de “no pelearse”, acabas cediendo en todos los ámbitos que definen la independencia y soberanía: política se seguridad, política comercial, política laboral, política migratoria, etc.
O de verdad AMLO es tan, pero tan ignorante en materia de política internacional que no entiende lo anterior (y Ebrard no se lo explica); o sí lo entiende, y no le importa, lo que vendría a significar una falta más que grave a sus obligaciones como primer mandatario de la Nación.
AMLO afirmó que se está intentando que se les dé un trato respetuoso a nuestros paisanos allá, pero no va a hablar con ninguna organización de mexico-americanos, que solicitaron verlo; ni de los intentos de Trump por dar por terminado el programa DACA para los indocumentados que llegaron de niños a ese país, y que Trump quiere expulsar; no va a pedir que cesen, al menos durante la pandemia, las deportaciones de mexicanos; no va a solicitar que nuestros paisanos no sean vejados en los centros de detención de las autoridades migratorias (no podría hacerlo, viendo el trato que las nuestras dan a los migrantes de otros países), etc.
Según AMLO sólo va a “celebrar” el inicio del tratado (T-MEC) y claro a “agradecerle” a Trump que lo trate tan bien a él y por la venta de sólo 211 ventiladores y haber intervenido en las negociaciones para disminuir la producción petrolera mundial, aunque el propio Trump dijo que México ya pagará por esto, cuando “estén preparados”.
Total, un desastre de explicación la que dio AMLO sobre su visita a Washington, que no sólo sigue demostrando la subordinación de nuestro país a Estados Unidos (sin importar qué presidente y de qué partido gobiernen aquí o allá), sino que ahora ya está claro que hay consenso entre los anteriores gobiernos neoliberales y el actual, de que es mejor ser un lacayo de Estados Unidos, así se pierda por completo la soberanía nacional, que enemistarse con la decadente superpotencia. Patético.




[2] Un tratado con todas las ventajas para Estados Unidos y por lo tanto peor para nuestro país que el TLCAN. Además de que es una política neoliberal por donde se le vea, pero AMLO dice que ya no existe el neoliberalismo en nuestro país.

lunes, 6 de julio de 2020


CRISIS MUNDIAL Y REDEFINCIÓN HEGEMÓNICA
La pandemia del coronavirus iniciada a fines del 2019 y la sucesiva crisis económica[1], derivada del obligado confinamiento social para tratar de detener la propagación del contagio, se han amalgamado ahora con una serie de protestas sociales en distintas partes del mundo, iniciadas en Estados Unidos; que en principio, tuvieron que ver con el rechazo al racismo y al maltrato a las minorías étnicas, pero que también están reflejando el hartazgo de sectores sociales golpeados y marginados por la globalización económica, que ha beneficiado descomunalmente a una minoría de plutócratas y gobernantes, alejados de la realidad de las masas.
A lo anterior se suma la abierta competencia por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y sus aliados, por un lado; y China y Rusia, por el otro, que se ha ido profundizando cada vez más, convirtiéndose ya en una “guerra híbrida”[2].
Y a lo anterior se tendrían que adicionar los efectos cada vez más graves del cambio climático, por un lado; y por otro lado, del cambio tecnológico acelerado, que está provocando una creciente automatización (y que con el confinamiento social por la pandemia, ha fortalecido la tendencia a transformar el mundo del trabajo), dejando en el subempleo y el desempleo a cada vez más personas; lo que aunado a los conflictos bélicos, los efectos de las crisis económicas y la desigualdad y marginación de millones de personas, también ha disparado el fenómeno migratorio en todos los continentes.[3]
Ante esta crisis multifactorial y global, las poblaciones más pobres y marginadas en el planeta serán las que sufran las peores consecuencias, mientras que las élites económicas, se mantendrán a flote debido a su acceso casi irrestricto a los capitales internacionales y a su facilidad para moverlos, prácticamente sin obstáculos, de un mercado a otro.
Ahora bien, lo que ha provocado la pandemia, la crisis económica y la redefinición de las reglas de la globalización en materia de cadenas de valor (se han visto dislocadas por el cierre de fronteras para evitar los contagios), y de desarrollo del trabajo desde casa (acentuando la tendencia a despedir o a no contratar a más trabajadores, para cierto tipo de actividades), es que la tendencia a internacionalizar la vida de las poblaciones de la mayoría de los países del mundo, se ha detenido de súbito.
La pandemia vino así a profundizar ciertas políticas que los gobiernos de Estados Unidos y la Gran Bretaña habían venido impulsando desde hace 4 años, como la de “America First” de Trump; y el Brexit, ahora liderado por el Primer Ministro inglés Boris Johnson.
La Unión Europea (UE), que durante el último medio siglo vino impulsando la idea de derribar las fronteras en muchos aspectos, ahora ha tenido que reforzar sus medidas de aislamiento respecto a otras regiones del mundo (incluso su aliado Estados Unidos) y reconsiderar sus cadenas de valor, que se han visto afectadas por el confinamiento, y que cada vez más estaban dependiendo del gigante chino.
Asimismo, la UE se ha visto en medio de la disputa por la hegemonía económica y tecnológica entre Washington y Beijing, lo que la ha llevado a considerar una posición más independiente en ambos rubros, con objeto de evitar quedar atrapada entre las dos superpotencias.
Por su parte, China y Rusia se encuentran en una situación cada vez más comprometida, en la medida en que su competición con Estados Unidos en los distintos campos del poder, tiende a agravarse (algo que ni Beijing, ni Moscú han buscado, pero que no pueden rehuir ahora), llevándolos al tipo de confrontación que el establecimiento político-militar de Washington desea, es decir el de la carrera armamentista, la “guerra híbrida” y el “brinkmanship” (la presión llevada casi al punto[4]de la guerra y/o el colapso del contrincante).
Así, la lucha por la hegemonía mundial se entrelaza con varias crisis y cambios profundos que están impactando las estrategias de las grandes potencias y que hasta el momento no presagian una salida negociada, multilateral y pacífica a los mismos; lo que pone a la mayoría de los países y de la población mundial, en una situación de suma vulnerabilidad ante decisiones y acciones mal calculadas, precipitadas y francamente irresponsables por parte de las élites mundiales.
Una profundización del nacionalismo y/o regionalismo, combinado con las disputas entre las grandes potencias por hegemonizar los distintos campos del poder y los efectos de mediano y largo plazos de la pandemia y el cambio climático, van a generar varias crisis permanentes en las relaciones internacionales, que bien podrían buscar ser resueltas con medidas extremas por parte de los gobiernos, con lo que las soluciones globales que el mundo requiere, se alejarán todavía más.


[2] Si bien el concepto fue acuñado en 2002 en la tesis de maestría de William J. Nemeth (Escuela Naval de Posgrado), su utilización por el General James Mattis y el Teniente Coronel Frank Hoffman (ambos de la Marina de Estados Unidos) durante los primeros años del lanzamiento de la llamada “Guerra contra el Terrorismo” lo colocó en el debate de los estrategas militares.  Tratándose en verdad de una síntesis de varias aproximaciones, destacan las recuperaciones de la Three Block War (General Charles Krulak), guerra irrestricta o guerra más allá de los límites (Coroneles del Ejército Popular de Liberación chino Quang y Wang), guerra compuesta (Thomas H. Huber) o Guerra de Cuarta generación (William S. Lind).  En ese momento, se hacía énfasis en la convergencia operacional de Estados con actores no estatales y se puntualizaban algunos de sus elementos: "La gama completa de diferentes modos de guerra, incluidas capacidades convencionales, tácticas y formaciones irregulares, actos terroristas que incluyen violencia y coerción indiscriminada, así como desorden criminal" (Hoffman, 2007).  Es decir que se ponía de relieve la imbricación entre formas y actores de guerra convencional o tradicional y aquellos pertenecientes a las manifestaciones de la guerra irregular, en la que se volvía difusa la frontera de actuación entre unos y otros, aun en los niveles a ras del campo de batalla; además de incluir como elemento central las modalidades de actuación del “terrorismo” islámico…..A partir de 2014, se generalizó la enunciación como “nuevo tipo” de guerra, con posterioridad a la anexión de Crimea por Rusia.  Desde entonces la acepción incorporó con mayor fuerza la disputa en el terreno de la información a partir de eventos relacionados con la difusión de noticias falsas (especialmente en las redes sociales), propaganda, o guerra psicológica; lo cual da cuenta de otro rasgo que ha sido subrayado sobre estos escenarios: la centralidad que adquiere la población como objetivo de estas operaciones en la medida en que se busca crear descontento social o generar adversarios al interior de los Estados rivales. https://www.alainet.org/es/articulo/203107
[3] Según las estimaciones actuales, hay 272 millones de migrantes internacionales en el mundo (equivalentes al 3,5% de la población mundial). Aunque la inmensa mayoría de las personas del mundo siguen viviendo en el país en que nacieron, han aumentado las que migran a otros países, especialmente de su misma región. Muchas otras migran a países de ingreso alto más lejanos. Ahora bien, el trabajo sigue siendo el principal motivo de migración internacional, y los trabajadores migrantes, radicados en su mayor parte en países de ingreso alto, constituyen una amplia mayoría de los migrantes internacionales del mundo. El número total de desplazamientos se encuentra en un nivel sin precedentes, con 41 millones de desplazados internos y casi 26 millones de refugiados. https://publications.iom.int/books/informe-sobre-las-migraciones-en-el-mundo-2020-capitulo-2
[4] The art or practice of pursuing a dangerous policy to the limits of safety before stopping, especially in politics.

domingo, 5 de julio de 2020


The Malign Russians and Chinese Are Coming
PEPE ESCOBAR • JULY 2, 2020

No less than 78.03% of Russians have just voted in support of constitutional amendments.
Among these, we find the paramount Atlanticist obsession: the possibility that Vladimir Putin will be able to run for two more presidential terms.
Predictably, anguished cries of “Dictator! Dictator!” have been lobbied like deadly shells all across the Beltway.
They might even silence the echoes of the latest CIA press release to the New York Times, based on “raw” intel, and supported by no evidence or proof whatsoever, that Russia had been paying bounties to the Afghan Taliban to kill US troops.
A crafty amalgamated headline in the Washington Post – the CIA/Jeff Bezos vehicle – gave away the game: “The only people dismissing the Russian bounties intel: The Taliban, Russia, and Trump.”
Simpletons will easily fall for it. The message is clear. No one cares about the endless war in and on Afghanistan. The only thing that matters is whether President Trump knew months ago about the intel, and why the National Security Council did not unload another Himalaya of sanctions on Russia.
When in doubt, ask House speaker Nancy Pelosi, a notorious D.C. swamp dweller, who gave away the game with her famous, “With him, all roads lead to Putin. I don’t know what the Russians have on the president, politically, personally, or financially.”
Ray McGovern – who knows one or two things about the CIA – completely debunked the CIA plant. He included a key assessment by Scott Ritter – who knows a thing or two about US “intel” from his experience as a former UN weapons inspector in Iraq:
“Perhaps the biggest clue concerning the fragility of the New York Times’ report is contained in the one sentence it provides about sourcing — “The intelligence assessment is said to be based at least in part on interrogations of captured Afghan militants and criminals.” That sentence contains almost everything one needs to know about the intelligence in question, including the fact that the source of the information is most likely the Afghan government as reported through CIA channels.”
No wonder the Kremlin dismissed it for what it is: “an unsophisticated plant.” And fine, sophisticated Russian diplomacy did smell the proverbial rat: the framing of Trump, once again, as a Russian agent.
A delicious touch of mischief was added by a Taliban spokesman: “We” have conducted “target killings” for years “on our own resources.”
Anyone familiar with the Afghanistan quagmire knows that if Moscow wanted to raise hell on Americans, it could easily supply the Taliban with deadly surface and surface to air missiles – and end that endless war in a flash.
That, of course, would send NATO into a frenzy. As NATO is the weaponized arm of the EU, Russian-European relations would be sunk into eternal permafrost.

Russia simply does not need to expel the US from Afghanistan. As much as US bases such as Bagram keep an eye on everything happening in the strategic intersection between Central Asia and South Asia, Russia, China and the Shanghai Cooperation Organization (SCO) keep an eye on the Americans.
What the SCO wants is to devise a realistic Afghan peace plan – already a work in progress – brokered by Asians, including India, Pakistan, and SCO observers Iran and Afghanistan.
Russian diplomacy also clearly identifies the collateral damage of the CIA plant – in fact, a meek Russiagate 2.0 attempt, but with perfect timing.
Everything that Putin and Trump had been negotiating – the oil market, arms control, the G-7, and of course Afghanistan – is now on hold. The only “winner” would be NATO’s wet dream of – hostile – power play, capable of thwarting the Eurasia integration project led in tandem by China and Russia’s “pivot to Asia”.
Meanwhile, in Hong Kong…
Hybrid War by the Deep State on Russia, a relentless affair, now proceeds in tandem with Hybrid War on China.
So cries of deep despair once again had to be lobbied all across the NATO spectrum when, 23 years after the Hong Kong handover, the special administrative region (SAR) finally started to be de facto decolonized.
The full text of the Hong Kong National Security Law is here. It got the seal of approval of President Xi Jinping only a few hours before midnight on June 30 – exactly 23 years after the handover.
Article 9 is particularly interesting: it stresses the necessity to “strengthen public communication, guidance, supervision, and regulation over matters concerning national security, including those relating to schools, social organizations, the media and the internet.”
This means that if media and social media are let loose in Hong Kong, 5th columnists will run riot, as they do in any color revolution, and as they did during the “protests” last year, black blocs included. Now it’s a matter of being responsible, or otherwise landing in major legal trouble.
The new National Security Law is as much about preventing sedition – and Hybrid War tactics – as smashing money laundering by dodgy mainland characters. There is nothing extraordinary with Hong Kong now having legislation with a broad extrajudicial reach.
The US arbiters itself the privilege of being extrajudicial as it sees fit. Take the Julian Assange case, facing extradition to the US for the “crime” of acting as a publisher, committed outside US territory.
The Assange case – complete with psychological torture inflicted by British minions in a high-security prison fit for terrorists – reduces to ashes the whole US hysteria over Hong Kong.
And then there are European so-called leaders, in unison, condemning China over the “deplorable” security law.
The late, great Gore Vidal told me in London in 1987 that in future Europe would be a mere, inconsequential boutique. Now Europe is in fact terrified that sooner rather than later it will be reduced into Far Western Asia. Talk about the revenge of history on those who named Asia “the Far East”.


sábado, 4 de julio de 2020


JULY 3, 2020
Even Orwell would be at a loss to make sense of some of the recent antics of leading governments. We would expect Orwell to be out-satirized by the American actions to impose penalties and sanctions on officials of the International Criminal Court, not because they are accused of acting improperly or seem guilty of some kind of corruption or malfeasance, but because they were doing their appointed jobs carefully, yet fearlessly.
Their supposed wrongdoing was to accept the request for an investigation into allegations of war crimes committed in Afghanistan by military personnel and intelligence experts of the U.S. armed forces, the Taliban, and the Afghan military. It seemed beyond a reasonable doubt that frequent war crimes and crimes against humanity have occurred in Afghanistan ever since the U.S.-led the regime-changing attack in 2002, followed by many years of occupation and continuous combat amid a hostile population.
It should be noted that Israel is equally infuriated with that the ICC should have affirmed the authority of its Prosecutor, Fatou Bensouda, to investigate allegations by Palestine of war crimes and crimes against humanity committed in the Occupied Palestinian Territories (OPT) of the West Bank, East Jerusalem, and Gaza. These allegations include the unlawful transfer of Israeli civilians to establish settlements in the OPT as well as administrative structures and practices that constitute violations of the criminal prohibition on apartheid.
Netanyahu, like his Washington sibling has called for the ICC to be subject to sanctions for staging this ‘full-frontal attack’ on Israeli democracy and somehow on ‘the Jewish people’s right to live in Israel.’ The Israeli Prime Minister contends that Israel as a sovereign state has the right to defend itself as it wishes, and should not be impeded by any obligation to respect the international criminal law. Such a claim, and the abusive practices and policies that have followed over many years, amounts to a crass affirmation of what I have elsewhere called ‘gangster geopolitics.’
Of course, Israel or the United States would be given broad latitude to make arguments in support of their innocence, but that is not what these U.S. and Israel object to the very idea of legal accountability and refuse to accept even the authority of the ICC to determine whether or not it has jurisdiction to consider the criminal charges.
This kind of repudiation of an international institution that has been acting responsibly according to its mandate represents an unprecedented and extreme expression of anti-internationalism.
The angry American pushback did not bother contesting the substantive allegations, but questioned the jurisdictional authority of the ICC, and attacked the audacity of this international entity for supposing that it could investigate, much less prosecute and punish the representatives of such a mighty state that should in no way be held internationally accountable.
When the ICC was investigating and indicting, only African leaders few Western eyebrows were raised, but recently when the Court dared ever so gingerly to treat equals equally in accord with its own legal framework—the Rome Statute of 2000—it had in Washington’s and Tel Aviv’s eyes so overstepped its unspoken limits as to itself become a wrongdoer and by this outlandish logic, making the institution and its official's legitimate targets for sanctions. What this kind of unprecedented punitive pushback amounts to is a notable rejection of the global rule of law when it comes to international crime and a crude effort to remind international institutions that ‘impunity’ and ‘double standards’ remain an operational principal norm of world order.
Speaking for the U.S. Government the response of the American Secretary of State, Mike Pompeo stunningly exhibited the hubris that became the American global brand well before Donald Trump disgraced the country and harmed the peoples of the world during his tenure as president. Pompeo’s reaction to the unanimous approval of the Prosecutor’s request to investigate war crimes in Afghanistan was little other than seizing the occasion to insult the ICC by describing it as “little more than a political tool employed by unaccountable international elites.”
Such a statement crosses the borders of absurdity given the abundant documentation of numerous U.S. crimes in Afghanistan (the subject-matter of Chelsea Manning’s WikiLeaks 2010 disclosures that landed her in jail) and in view of the several ‘black sites’ in European countries where foreign suspects are routinely tortured, and subject to rape.
Contra Pompeo, it is not the ‘international elites’ that are unaccountable but the national elites running the U.S. and Israeli governments.
The Pompeo dismissal was a prelude to the issuance by Trump on June 11th of an Executive Order that extended the prior denial of a U.S. visa to Bensouda, and threatened a variety of sanctioning moves directed at anyone connected with the ICC and its undertakings, including freezing assets and withholding visas, not only of individuals, but also of their families, on the laughable pretext that the prospective ICC investigation was creating a ‘national emergency’ in the form of an “unusual and extraordinary threat to the national security and foreign policy of the United States.”
Even before the present crisis, Trump had told the UN in a 2018 speech at the General Assembly that “…the ICC has no jurisdiction, no legitimacy, and no authority…We will never surrender America’s sovereignty to an unelected, unaccountable, global bureaucracy.”
As crude as are the words and deeds of the Trump crowd, there were almost equally defiant precursors, especially during the presidency of George W. Bush, an anti-ICC  campaign led by none other than John Bolton who was to become Trump’s notorious National Security Advisor, and has suddenly become his antagonist-in-chief due to his book depicting Trump’s array of impeachable offenses.
Remember that it was Bush who ‘un-signed’ the Rome Statute that Bill Clinton had signed on behalf of the U.S. on the last day of his presidency, but even he did so with the proviso that the treaty should not be submitted to the Senate for ratification and hence not be applicable until the ICC had proved itself a responsible actor in Washington’s judgmental eyes.
Congress and the State Department stepped in to make sure that American military personnel would not be charged with international crimes both by threatening preventive action and entering into over 100 agreements with other countries to ensure immunity of American soldiers and officials from ICC jurisdiction, coupled with a threat to withhold aid if a government refused to agree to such a law-defying arrangement.
Hillary Clinton also put her oar in the bloody water some years ago, insisting that since the U.S. was more of a global presence than other countries, it was important to be sure that its military personnel would never be brought before the ICC, no matter what their alleged offenses.
The global military reach of the U.S. by way of hundreds of overseas bases, special forces covert operations, and naval patrols around the globe should enjoy immunity on an individual level, as impunity on a collective level of state responsibility.
In other words, non-accountability and double standards have deeper political roots in the bipartisan soil of American security politics than the extreme anti-internationalism of Trump. These tactics of self-exemption from legal accountability can be usefully traced back at least as far as the ‘victors’ justice’ approach to war crimes during the Second World War where only the crimes of the defeated were subjected to accountability at Nuremberg and Tokyo, a step hailed in the West as a great advance despite its flaws.
It was deeply flawed considering that arguably the most horrifying act during the four years of hostilities were the atomic bombs dropped on Japanese cities.
Is there any serious doubt that if Germany or Japan had struck cities of the Allies with the bomb, and yet lost the war, those responsible for the decisions would have been held accountable, and punished in a harsh manner?
In some ways as bad from a law angle was the U.S. orchestrated trial of Saddam Hussein and his closest advisors for their state crimes, although the 2003 Iraq War arose from acts of aggression by the United States and the UK, and subsequent crimes during the prolonged occupation of Iraq.
In other words, the idea of unconditional impunity for the crimes of the United States is complemented by self-righteous accountability for those leaders of countries defeated in war by the United States. Such ‘exceptionalism’ affront the conscience of anyone who shares the view that ideas of fairness and equality should be affirmed as core values in the application of international criminal law.
As might be expected, mainstream NGOs and liberal Democrats are not happy with such an insulting and gratuitous slap in the face of international institutions that have proved mainly useful in going after the wrongdoing of non-Western leaders, especially in Africa. It should be remembered that African countries and their leaders were the almost exclusive targets of ICC initiatives during its first ten years, and it was from Africa that one formerly heard complaints and threats of withdrawal from the treaty, but I doubt that ideas of sanctioning the ICC ever entered the imaginary of understandable African displeasure at an implicit ethos of ‘white crimes don’t matter’!
David Sheffer, the American diplomat who headed the U.S. delegation that negotiated the Rome Statute on behalf of the Clinton presidency, but who was careful to preserve American geopolitical interests in the process expressed the liberal opposition to Trump’s arrogant style of pushback with these words: “The [Trump] Executive Order will go down in history as a shameful act of fear and retreat from the rule of law.”
There is an element of hypocrisy present in such a denunciation due to withholding the pre-Trump record of the one-sided imposition of international criminal law.
True enough, it was the prior Republican president that had locked horns with the ICC some years ago, but the ambivalence of Congress and the Clintons is part of a consistent American insistence of what I would label as ‘negative exceptionalism,’ that is, the right to act internationally without accountability while taking a hard line on holding others accountable; impunity for the powerful, accountability for the weak.
It used to be that American exceptionalism was associated with a commitment to decency, human rights, the rule of law, and a visionary approach to the world order that was missing elsewhere, and could serve as a catalyst for peace and justice in the world.
Such self-glorification has long since been forfeited at the altar of global geopolitics, whose players make up the rules as they go along while showing contempt for the legal constraints that are deemed suitable for the regulation of adversaries.
Finally, it should be appreciated that while geopolitical actors can get away with murder, their rogue behavior is a precedent for all states, and weakens what procedures exist to uphold the most basic norms of international law.
This article first appeared on Richard Falk’s blog.
Richard Falk is Albert G. Milbank Professor Emeritus of International Law at Princeton University and Visiting Distinguished Professor in Global and International Studies at the University of California, Santa Barbara.