Esa era la
disyuntiva en 1981 cuando José López Portillo, presidente de México, tenía ante
sí para resolver la sucesión presidencial entre Javier García Paniagua,
presidente del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y Miguel de la Madrid,
secretario de Programación y Presupuesto.
Entonces el
presidente del país decidía al candidato del PRI y con eso, automáticamente, al
siguiente presidente; pues el sistema autoritario, de partido hegemónico,
permitía que la verdadera lucha por la sucesión presidencial se diera dentro
del PRI; y después, como trámite, se realizaban las elecciones formales en las
que el candidato oficial arrasaba a la débil oposición de derecha e izquierda.
En esa
sucesión, hace 37 años, el gran capital nacional e internacional, presionó para
que se cambiara el modelo económico de protección a la industria nacional, de
sustitución de importaciones y de fuerte intervención estatal en la economía;
por uno de apertura al comercio internacional, privatizaciones y retraimiento
estatal en lo económico; así como achicamiento del Estado de Bienestar, que
había crecido desde la Segunda Guerra Mundial.
El candidato
de lo que después se conocería como “modelo económico neoliberal” era Miguel de
la Madrid; mientras que el representante del modelo económico entonces vigente
y de la clase política “tradicional”, era Javier García Paniagua, hijo de quien
fuera el secretario de la Defensa Nacional de 1964 a 1970, durante los trágicos
sucesos del movimiento estudiantil de 1968, el general Marcelino García
Barragán.
López
Portillo quedó acorralado entre la caída abrupta de los precios internacionales
del petróleo; un pésimo manejo de la política de precios del crudo mexicano
(que llevó a la defenestración del entonces precandidato presidencial más
aventajado, el director de Petróleos Mexicanos, Jorge Díaz Serrano) y una
corrupción desatada, dejándolo a merced de los capitalistas nacionales y
extranjeros, que lo obligaron a nombrar al candidato del recién nacido
neoliberalismo, Miguel de la Madrid.
A partir de
entonces, el “nacionalismo revolucionario”, el Estado de Bienestar y la defensa
de la soberanía nacional, se fueron diluyendo rápidamente, en favor de la
silenciosa pero imparable integración-subordinación económica de México a los
Estados Unidos; la desarticulación del Estado de Bienestar en favor del
mercado; la captura por parte del gran capital de los instrumentos de regulación y dirección de
la actividad productiva del país; y el olvido de todas las promesas y
esperanzas (nunca cumplidas, pero permanentemente reiteradas) de la lejana
Revolución Mexicana.
Hoy,
nuevamente se presentan las opciones de solución política o económica.
En 1981 García Paniagua representaba al sistema y De la Madrid era la ruptura. Hoy los neoliberales son el pasado; y los defensores del mercado interno y de la soberanía son el presente y el futuro.
Por un lado,
Andrés Manuel López Obrador representa un rescate del papel del Estado como
dique y regulador de los excesos y arbitrariedades del gran capital nacional y
trasnacional; una recuperación del Estado de Bienestar; un combate frontal a la
corrupción e impunidad; y un fortalecimiento de la muy menguada soberanía, ante
los embates de la potencia hegemónica (Estados Unidos). Esto es, López Obrador
vendría a ser la “solución política” ante las insuficiencias y abusos del
actual sistema político-económico del país.
Del otro lado,
el actual sistema, que lleva en el poder 36 años, propone la misma propuesta
que en 1982, esto es la “solución económica” con José Antonio Meade; que
propone mantener al Estado mínimo; seguir profundizando la desaparición de lo poco
que queda del Estado de Bienestar y mantener la subordinación político-económica
ante la potencia hegemónica.
Sin embargo,
ahora ha surgido una tercera opción, Ricardo Anaya que pretende diferenciarse
de ambos, criticando los malos resultados para la población de la “solución
económica” (Meade); y la inadecuación a la época actual de la “solución
política” (López Obrador).
El problema con
la opción intermedia que pretende ser Anaya es que no abraza por completo ni la
solución política, ni la económica; se queda a la mitad de ambas. Por lo tanto,
no acaba de aterrizar, ni de arriesgarse, en ninguno de los dos campos.
Pretende tomar un poco de los dos, y eso lo convierte en un kitsch político (estética pretenciosa,
cursi y de mal gusto)[1].
De ahí que
Anaya no pueda arrastrar a su favor a los simpatizantes de la solución política
o de la económica, por que no acaban de identificarse plenamente con su
propuesta; y apelar a los indecisos, que no entienden suficientemente ninguna
de las dos opciones, le está costando enorme trabajo, pues no sabe a qué apelar
para atraerlos a su causa.
De ahí que
al final de esta competencia quedará sin duda López Obrador, pues a pesar de
que apela a políticas públicas ya ensayadas; y que no responde a los intereses
de los grupos económicos que se han visto beneficiados durante las últimas 3
décadas; es el reflejo de distintos segmentos de la población que no han
encontrado en el sistema actual, ninguna vía para su mejoramiento
económico-social, ni para una mayor participación en la toma de decisiones
políticas. Por ello, López Obrador, con todos sus defectos y hasta propuestas
medio descabelladas, es su única opción e irán con él hasta el final.
Por el otro
lado, la opción del continuismo, es decir José Antonio Meade, propone seguir
con lo mismo; es decir, con la misma distribución inequitativa de poder y
beneficios, por lo que los grupos que han resultado ganadores todas estas
décadas lo apoyarán; y aquéllos que se han quedado marginados y olvidados,
buscarán otra opción.
Anaya es la incógnita,
pues para triunfar requiere atraer a los desheredados, y para ello necesita
prometer cambios en aspectos centrales del actual sistema económico y político;
pero ello le generará la oposición de los poderosos grupos ganadores de las
últimas 3 décadas, por lo que también debe asegurar los intereses de ellos. Si
no encuentra el camino intermedio entre ambos polos, confundirá a los electores
y acabará optando por ser la “solución económica” del continuismo, dejando a
López Obrador ser la “solución política” pura.
Por ello,
López Obrador no puede, ni debe dejar de ser la opción distinta (aunque lo
sigan llamando “del pasado”), para los millones de electores que han resultado
perdedores durante las tres décadas de neoliberalismo; y de esa manera forzar a
Anaya a convertirse en el candidato del sistema actual (sustituyendo a Meade),
con lo que no le quedará otro camino que defender el sistema prevaleciente, con
todos sus abusos, iniquidades e insuficiencias.
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