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viernes, 8 de septiembre de 2017

A 170 años de la ocupación militar estadunidense de la ciudad de México
Gilberto López y Rivas
La Jornada Viernes 8 de Septiembre de 2017
Este 14 de septiembre se cumplirán 170 años de un hecho tan oprobioso como desconocido en la historia de nuestra patria, cuando un destacamento de avanzada de soldados estadunidenses, a las órdenes del general John Quitman, se posesiona de Palacio Nacional, en las primeras horas de la mañana, y enarbola en su astil central la bandera de las barras y estrellas, después de que, según Guillermo Prieto, un disparo solitario había segado la vida del primer soldado enemigo que había intentado izar el pabellón extranjero. (Memorias de mis tiempos, Editorial Patria, México, 1948, T.II, p. 173) Alrededor de las nueve de la mañana del mismo día, las tropas enemigas en su conjunto hacen su entrada al centro de la ciudad. A la vista de la soldadesca, de los considerados ya en 1824 por el general mexicano José María Tornel, como barbaros del norte, el pueblo comienza a reunirse en grupos y a organizarse espontáneamente: de balcones, azoteas, bocacalles y plazuelas, parten los primeros disparos contra la vanguardia del general William J. Worth, iniciándose una resistencia desesperada de los patriotas mexicanos que debía durar hasta la noche del día siguiente.
La mayoría de las fuentes bibliográficas estadunidenses, repitiendo lo sostenido por el general en jefe Winfield Scott en su informe al secretario de Guerra de su país del 18 de septiembre de 1847, afirma que la resistencia popular que se inició el 14 de septiembre, fue obra de los leperos y de convictos excarcelados por las autoridades mexicanas, mientras numerosos testimonios de autores mexicanos refutan semejante infundio. José María Roa Bárcenas, en su libro Recuerdos de la invasión norteamericana (1846-1848), por un joven de entonces, afirma que: “posible y probable, en momentos de confusión y desorden, se evadieron algunos criminales, creíble es que hayan tratado de ponerse en salvo antes que pelear con el extranjero. Lo cierto es que las nuevas hostilidades provinieron de la parte resuelta y belicosa del vecindario…” (Edición de 1887, tomo III, p. 141). El relato de un testigo y participante activo de los hechos de estos dos días, contradice también la versión de Scott: Vi corriendo en tropel por la calle, con dirección a la esquina de la Amargura, un pelotón de hombres armados y a cuya cabeza iba un fraile, montado en un brioso caballo, con sus hábitos arremangados y sosteniendo en sus manos nuestro pabellón de las Tres Garantías. El fraile influía aliento e inspiraba entusiasmo a los gritos de ¡Viva México y mueran los yanquis! Así es que los hombres que en el zaguán había, abandonaron éste para unirse al grupo de patriotas, y yo con ellos. (Citado por Guillermo Vigil y Robles. La invasión de México por los Estados Unidos en los años 1846-1847-1848. México, 1923, p. 78) El mismo testigo sigue narrando: Un cuerpo de la división Worth que se había posesionado del edificio de Minería fue hostilizado desde las azoteas del hospital y torres del templo de San Andrés. Los proyectiles de los mexicanos se cruzaban sin cesar con los de los invasores, y cuando estos avanzaban hasta ponerse bajo los muros de los edificios recibían una lluvia de piedras, macetas y cuantos objetos hallaban a mano los defensores, quienes eran individuos del cuerpo de Guardia Nacional Hidalgo, algunos practicantes que, andando el tiempo, fueron médicos distinguidos. (Ibíd., p. 79) Naturalmente, para el jefe de un ejército extranjero que lleva adelante una guerra de agresión y conquista, es necesario denigrar la resistencia popular que encuentra a su paso. Scott no fue una excepción, como no lo fue su conducta brutal en la represión de este movimiento de pobladores de la Ciudad de México. La desigual contienda se prolonga por horas, cayendo numerosas víctimas por parte del pueblo; se combate con entusiasmo aunque sin plan, sin orden, sin auxilio, sin ningún elemento que prometiera un buen resultado; pero lucha sin embargo, terrible y digna de memoria. El ejército de Estados Unidos responde a esta postrer resistencia popular con métodos que casi un siglo después serían de uso familiar para las tropas nazis que suprimieron las insurrecciones populares de muchas ciudades de Europa: se ordena derribar con artillería la casa de donde se dispare un tiro y dar muerte a todos sus habitantes, se fusila a los patriotas en el terreno de lucha, se irrumpe en las casa derribando puertas y se asesina a familias enteras. En la mañana del día 15 de septiembre, cuando toda resistencia parecía haber terminado, se reinician los combates por toda la ciudad y se realizan nuevos actos de represión, jurando Scott, esta vez, con volar la manzana desde la cual fuera disparado un tiro contra sus tropas. Al caer la tarde, agotadas las municiones, con cientos de bajas y heridos, sin esperanza de auxilio por parte del ejército regular mexicano, que había abandonado a su suerte a los habitantes de la ciudad en la noche del 13 de septiembre, la espontánea insurrección popular termina, ante la superioridad de la respuesta enemiga, lo insostenible de la situación y el desmoralizador espectáculo de la colaboración abierta con los invasores del ayuntamiento de la ciudad y los sectores acomodados que se habían opuesto activamente a la insurrección. Como ocurrió a lo largo de esta guerra de conquista, la clase dominante mexicana traicionó el denodado aliento supremo del pueblo por dejar constancia ante las generaciones que vendrían, de que la capital de un país débil y dividido había caído frente a la agresión extranjera, sólo a costa de quienes habían sacrificado sus vidas por defenderla.
¿Cuál puede ser el interés en recordar este episodio de resistencia popular, intencionalmente olvidado por la historiografía oficial? El tema es trascendente no sólo porque es necesario fortalecer nuestra conciencia nacional a partir del estudio de nuestra historia, sin distorsiones de clase, particularmente, el análisis de lo que para los mexicanos ha significado y significa el imperialismo estadunidense, ya que las condiciones del conflicto histórico entre México y Estados Unidos siguen vigentes. También, porque, hoy como ayer, la clase dominante traiciona el interés nacional frente a Estados Unidos. Los colaboracionistas de ayer se dan la mano con los colaboracionistas de hoy.

¿No será que la bandera de las barras y estrellas ondea nuevamente en Palacio Nacional, y el fantasma encarnado de Antonio López de Santa Anna recorre sus oficinas, salones y balcones?

miércoles, 6 de septiembre de 2017

The real BRICS bombshell: Putin reveals ‘fair multipolar world’ concept in which oil contracts could bypass the US dollar and be traded with oil, yuan and gold
September 06, 2017 thesaker.is
By Pepe Escobar for the Asia Times
The annual BRICS summit in Xiamen – where President Xi Jinping was once mayor – could not intervene in a more incandescent geopolitical context.
Once again, it’s essential to keep in mind that the current core of BRICS is “RC”; the Russia-China strategic partnership. So in the Korean peninsula chessboard, RC context – with both nations sharing borders with the DPRK – is primordial.
Beijing has imposed a definitive veto on war – of which the Pentagon is very much aware.
Pyongyang’s sixth nuclear test, although planned way in advance, happened only three days after two nuclear-capable US B-1B strategic bombers conducted their own “test” alongside four F-35Bs and a few Japanese F-15s.
Everyone familiar with the Korean peninsula chessboard knew there would be a DPRK response to these barely disguised “decapitation” tests.
So it’s back to the only sound proposition on the table: the RC “double freeze”. Freeze on US/Japan/South Korea military drills; freeze on North Korea’s nuclear program; diplomacy takes over.
The White House, instead, has evoked ominous “nuclear capabilities” as a conflict resolution mechanism.
Gold mining in the Amazon, anyone?
On the Doklam plateau front, at least New Delhi and Beijing decided, after two tense months, on “expeditious disengagement” of their border troops. This decision was directly linked to the approaching BRICS summit – where both India and China were set to lose face big time.
Indian Prime Minister Narendra Modi had already tried a similar disruption gambit prior to the BRICS Goa summit last year. Then, he was adamant that Pakistan should be declared a “terrorist state”. The RC duly vetoed it.
Modi also ostensively boycotted the Belt and Road Initiative (BRI) summit in Hangzhou last May, essentially because of the China-Pakistan Economic Corridor (CPEC).
India and Japan are dreaming of countering BRI with a semblance of connectivity project; the Asia-Africa Growth Corridor (AAGC). To believe that the AAGC – with a fraction of the reach, breath, scope and funds available to BRI – may steal its thunder, is to enter prime wishful-thinking territory.
Still, Modi emitted some positive signs in Xiamen; “We are in mission-mode to eradicate poverty; to ensure health, sanitation, skills, food security, gender equality, energy, education.” Without this mammoth effort, India’s lofty geopolitical dreams are D.O.A.
Brazil, for its part, is immersed in a larger-than-life socio-political tragedy, “led” by a Dracula-esque, corrupt non-entity; Temer The Usurper. Brazil’s President, Michel Temer, hit Xiamen eager to peddle “his” 57 major, ongoing privatizations to Chinese investors – complete with corporate gold mining in an Amazon nature reserve the size of Denmark. Add to it massive social spending austerity and hardcore anti-labor legislation, and one’s got the picture of Brazil currently being run by Wall Street. The name of the game is to profit from the loot, fast.
The BRICS’ New Development Bank (NDB) – a counterpart to the World Bank – is predictably derided all across the Beltway. Xiamen showed how the NDB is only starting to finance BRICS projects. It’s misguided to compare it with the Asian Infrastructure Investment Bank (AIIB). They will be investing in different types of projects – with the AIIB more focused on BRI. Their aim is complementary.
‘BRICS Plus’ or bust
On the global stage, the BRICS are already a major nuisance to the unipolar order. Xi politely put it in Xiamen as “we five countries [should] play a more active part in global governance”.
And right on cue Xiamen introduced “dialogues” with Mexico, Egypt, Thailand, Guinea and Tajikistan; that’s part of the road map for  “BRICS Plus” – Beijing’s conceptualization, proposed last March by Foreign Minister Wang Yi, for expanding partnership/cooperation.
A further instance of “BRICS Plus” can be detected in the possible launch, before the end of 2017, of the Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP) – in the wake of the death of TPP.
Contrary to a torrent of Western spin, RCEP is not “led” by China. Japan is part of it – and so is India and Australia alongside the 10 ASEAN members. The burning question is what kind of games New Delhi may be playing to stall RCEP in parallel to boycotting BRI.
Patrick Bond in Johannesburg has developed an important critique, arguing that “centrifugal economic forces” are breaking up the BRICS, thanks to over-production, excessive debt and de-globalization. He interprets the process as “the failure of Xi’s desired centripetal capitalism.”
It doesn’t have to be this way. Never underestimate the power of Chinese centripetal capitalism – especially when BRI hits a higher gear.
Meet the oil/yuan/gold triad
It’s when President Putin starts talking that the BRICS reveal their true bombshell. Geopolitically and geo-economically, Putin’s emphasis is on a “fair multipolar world”, and “against protectionism and new barriers in global trade.” The message is straight to the point.
The Syria game-changer – where Beijing silently but firmly supported Moscow – had to be evoked; “It was largely thanks to the efforts of Russia and other concerned countries that conditions have been created to improve the situation in Syria.”
On the Korean peninsula, it’s clear how RC think in unison; “The situation is balancing on the brink of a large-scale conflict.”
Putin’s judgment is as scathing as the – RC-proposed – possible solution is sound; “Putting pressure on Pyongyang to stop its nuclear missile program is misguided and futile. The region’s problems should only be settled through a direct dialogue of all the parties concerned without any preconditions.”
Putin’s – and Xi’s – concept of multilateral order is clearly visible in the wide-ranging Xiamen Declaration, which proposes an “Afghan-led and Afghan-owned” peace and national reconciliation process, “including the Moscow Format of consultations” and the “Heart of Asia-Istanbul process”.
That’s code for an all-Asian (and not Western) Afghan solution brokered by the Shanghai Cooperation Organization (SCO), led by RC, and of which Afghanistan is an observer and future full member.
And then, Putin delivers the clincher; “Russia shares the BRICS countries’ concerns over the unfairness of the global financial and economic architecture, which does not give due regard to the growing weight of the emerging economies. We are ready to work together with our partners to promote international financial regulation reforms and to overcome the excessive domination of the limited number of reserve currencies.”
“To overcome the excessive domination of the limited number of reserve currencies” is the politest way of stating what the BRICS have been discussing for years now; how to bypass the US dollar, as well as the petrodollar.
Beijing is ready to step up the game. Soon China will launch a crude oil futures contract priced in yuan and convertible into gold.
This means that Russia – as well as Iran, the other key node of Eurasia integration – may bypass US sanctions by trading energy in their own currencies, or in yuan. Inbuilt in the move is a true Chinese win-win; the yuan will be fully convertible into gold on both the Shanghai and Hong Kong exchanges.
The new triad of oil, yuan and gold is actually a win-win-win. No problem at all if energy providers prefer to be paid in physical gold instead of yuan. The key message is the US dollar being bypassed.
RC – via the Russian Central Bank and the People’s Bank of China – have been developing ruble-yuan swaps for quite a while now.
Once that moves beyond the BRICS to aspiring “BRICS Plus” members and then all across the Global South, Washington’s reaction is bound to be nuclear (hopefully, not literally).
Washington’s strategic doctrine rules RC should not be allowed by any means to be preponderant along the Eurasian landmass. Yet what the BRICS have in store geo-economically does not concern only Eurasia – but the whole Global South.

Sections of the War Party in Washington bent on instrumentalizing  India against China – or against RC – may be in for a rude awakening. As much as the BRICS may be currently facing varied waves of economic turmoil, the daring long-term road map, way beyond the Xiamen Declaration, is very much in place.

martes, 5 de septiembre de 2017

SE ACABÓ DACA ¿A QUIÉN CULPAR?

El Programa de Acción Diferida para los llegados en la Infancia (DACA por sus siglas en inglés), que fue iniciado por el presidente Obama en 2012, ante la inacción del Congreso para legislar en materia migratoria, se elaboró con el fin de proteger de la deportación a casi 800,000[1] jóvenes indocumentados latinoamericanos y de otras regiones que se inscribieron en el programa (Asia), y que fueron traídos de niños por sus padres a Estados Unidos; corrían el riesgo de ser deportados a sus “países de origen”, si el gobierno de Estados Unidos no instrumentaba alguna medida para brindarles una estancia legal en el país.
Donald Trump y su base de apoyo mayoritariamente blanca, xenófoba y en muchos casos racista, siempre criticó el programa (aunque en ocasiones simuló ser “compasivo”), pues lo consideró como una “amnistía” a quienes habían quebrantado la ley (en este caso los padres de los niños); además de que legalizar la estancia de estos jóvenes implicaría un “incentivo” (tal como lo afirmó hoy el procurador Jeff Sessions, al anunciar el fin del citado programa) que propiciaría la llegada de más niños, que buscarían su posterior legalización.
De igual forma, en la narrativa anti inmigrante, una parte relevante del establecimiento republicano, ha considerado que legalizar a estos jóvenes implica desplazar de puestos de trabajo y oportunidades de estudios a los “americanos” (como si estos jóvenes no lo fueran ya, en vista de que han pasado la mayor parte de su vida en ese país).
Ahora Trump le ha dado al Congreso 6 meses para legislar algún tipo de permiso o estatus legal para estos jóvenes, de lo contrario en Marzo del próximo año, comenzarán a ser deportados.
En el caso de Estados Unidos, se pueden señalar varios irresponsables o culpables de que esta situación llegara al límite.
Primero hay que decir que la economía de Estados Unidos, cada vez más requiere de la mano de obra barata que viene principalmente de países de América Latina (destacando México y Centro América), pues es una forma en que los empresarios de ese país abaten costos y pueden competir contra los productos de otros países en donde la mano de obra es casi regalada (caso de México, Centro América y varios países de Asia), los cuales tienen acceso al mercado estadounidense gracias a los tratados de libre comercio firmados en las últimas tres décadas.
Así también, sectores importantes de la economía interna de Estados Unidos van dependiendo cada vez más de esta mano de obra barata[2] que llega de manera indocumentada al país, y con el tiempo va generando una masa crítica que requiere una salida política y/o jurídica, como en su momento fueron las legislaciones migratorias de 1964 y 1986, que permitieron la legalización de cientos de miles de indocumentados.
De ahí que, una necesidad económica creciente de la economía estadounidense, se topa cada 20 ó 30 años con los obstáculos del sistema político, que responde a una parte del electorado que bien podría ser del orden del 50% del mismo, y que sigue viendo a los extranjeros, inmigrantes y recién llegados, como competencia desleal, como un peligro para su seguridad física y económica; y como una “amenaza” a su modo de vida.
Así, se presenta recurrentemente el choque entre la dinámica económica y la psique social, que se refleja en el establecimiento político, generando las contradicciones que vemos ahora con el programa DACA y su finalización.
Esa contradicción entre economía y política en Estados Unidos, que sigue sin resolverse, es una de las causas principales que genera estos desequilibrios sociales, que como siempre acaban afectando al eslabón más débil.
Pero también hay otros irresponsables y culpables de esta situación.
Según el Centro de Investigaciones Pew, hay en Estados Unidos un total de 11.1 millones de indocumentados en ese país, de los cuales 5,850,000 son mexicanos y 1,700,000 son centroamericanos; de Asia, Europa, Medio Oriente y Africa provienen 2,465,000; de Sudamérica 650,000 y del Caribe 425,000.[3]
En el caso de nuestro país, está plenamente documentado que el 63.4% de los inmigrantes mexicanos llegaron después de 1990. Y sólo 2 de cada 10 inmigrantes mexicanos han adquirido la ciudadanía.[4]
Esto quiere decir que prácticamente la totalidad de los mexicanos que entraron al programa DACA, forman parte de los indocumentados llegados después de 1990.
De acuerdo con la ONU, México es el segundo país en el mundo con más migrantes; tan sólo después de la India.[5]
Para 2015 la ONU estimó que en Estados Unidos había 12 millones 50 mil mexicanos, de los cuales como ya señalamos, 5,850,000 están de forma indocumentada.
Así, de 1990 a 2015, llegaron a Estados Unidos un total de 7,639,700 mexicanos, esto es el 63.4% de los mexicanos que ahora viven ahí.
Y están de manera legal el 22% de esos 12 millones 50 mil; es decir 2,651,000; por lo que en el período considerado, llegaron de manera indocumentada un total de 4,988,700 mexicanos.
Prácticamente 5 millones de los 5,850,000 indocumentados mexicanos que viven en Estados Unidos, llegaron en el periodo de vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (iniciado en 1994), y de la política económica neoliberal instrumentada por los gobiernos mexicanos (Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña).
Y es que los gobiernos neoliberales han mantenido deprimidos los salarios en el país, convirtiendo eso en el principal atractivo para la inversión extranjera directa (seguido de la contigüidad geográfica con Estados Unidos; nulas regulaciones ambientales y laborales; y generosas legislaciones fiscales).
Ante ello, millones de mexicanos, que antes si bien no contaban con un nivel de vida digno, al menos podían “ir pasándola” con sus actividades agrícolas, comerciales y artesanales, se vieron brutalmente desplazados del mercado de trabajo con el tratado de libre comercio; y además, la permanencia de los bajísimos salarios mantuvo a amplias capas de la población en la pobreza o muy cerca de ella, obligando a una gran parte de ellos a buscar un mejor nivel salarial en Estados Unidos, para así poder enviar dinero a sus familias en México (ya se llega a la cifra de 25 mil millones de dólares de remesas por año).
Así que, esa migración económica forzada por las miserables condiciones en México (lo mismo puede decirse de Centro América), aunadas al aumento exponencial de la violencia en contra de miles de comunidades y pueblos en México por parte del crimen organizado, asociado a la subclase política corrupta y a las trasnacionales, con objeto de desplazar a la población de zonas en donde se quiere explotar recursos naturales; llevaron a esos 5 millones de mexicanos a salir del país, justamente como consecuencia de las políticas neoliberales instrumentadas en México, y de la descomposición político-social del país que han provocado las mismas, generando el incremento del crimen y la violencia.
Para las élites vasallas mexicanas, el que millones de mexicanos que no pueden encontrar un empleo decente en su país, emigren a Estados Unidos, resultó muy favorable para quitarle “presión” a la situación política, social y económica; y a la vez, les conviene pues esa población, que sí está comprometida con su país, envía miles de millones de dólares a sus familias en México, que sirven para equilibrar la balanza de pagos.
Por eso resulta una hipocresía monumental escuchar a Peña y a sus corifeos, así como a los empresarios explotadores de nuestro país, desgarrarse las vestiduras por los migrantes y los “dreamers” (beneficiarios del DACA), cuando en principio ellos han sido los culpables de lanzar al destierro económico a los padres de esos muchachos, por los bajísimos sueldos que se pagan en México, los niveles de explotación y despojo descomunales que las grandes empresas de los oligarcas y las trasnacionales ejercen contra los pueblos y comunidades del país; y el desastre que es México en materia de inseguridad y violaciones masivas de los derechos humanos.
Pero eso sí, cuando se les plantea a los hipócritas negociadores mexicanos del tratado de libre comercio y a sus “asesores” empresariales, qué pasará con los salarios de los trabajadores mexicanos, entonces ahí si no hay modernización, ni consideración alguna, todo permanecerá igual; ahí si no habrá homologación con las leyes y condiciones de Estados Unidos y Canadá; en eso sí hay soberanía. Aquí en México se va a seguir explotando a los trabajadores del campo y la ciudad y los recursos naturales, como les convenga a las trasnacionales y a los oligarcas; eso sí que no entra en ninguna negociación.
De ahí que los principales culpables de la situación de los “dreamers” son los gobernantes, los tecnócratas y los oligarcas mexicanos, que han mantenido un sistema de explotación brutal de la población del país, que ha llevado a un parte importante de la misma a emigrar, en condiciones terriblemente vulnerables y a expensas de lo que los gobernantes en turno de la superpotencia quieran y les convenga.



[1] 639000 llegados de México; 34 mil de El Salvador; 22 mil de Guatemala; 21 mil de Honduras; etc.

[2] La agricultura, la construcción, mantenimiento y limpieza, jardinería, ayudantes y empleados en hoteles y restaurantes.

lunes, 4 de septiembre de 2017

‘Tone is negative’ in NAFTA talks as early sticking points encountered
A recurring pattern involves one country raising a prized priority only to have other parties systematically refuse to engage the conversation, a source said.
By ALEXANDER PANETTAThe Canadian Press
Mon., Sept. 4, 2017 thestar.com
MEXICO CITY—Negotiators have run into a series of early sticking points on nearly every major element considered key to achieving a new NAFTA agreement, The Canadian Press has learned.
A recurring pattern involves one country raising a prized priority only to have other parties systematically refuse to engage the conversation, said one source with knowledge of how the talks are unfolding in Mexico City.
“The tone is negative,” said the source, who made sure to add that it’s still early, he remains hopeful a deal can be reached this year, and that obstinacy is to be expected in initial bargaining.
One is the Canadians asking for greater access to professional visas. It’s a priority not just for the Canadians, but also for businesses that struggle to send staff across the border. NAFTA’s visa list is outdated and doesn’t include modern digital jobs. The Americans have pushed off that conversation, which risks bumping into that country’s sensitive immigration politics.
Canada has returned the favour. The second example cited by the source involves Canada’s supply-management system. The U.S. has started to raise it as an issue. While the U.S. has not yet tabled a formal request, with numbers, it has declared its interest in loosening Canada’s import controls on dairy and poultry.
He said the Canadians refused to open the discussion on two grounds: That Canada opposes the changes on principle, and that the U.S. has its own agricultural protections, such as tight controls on sugar imports and myriad programs to help struggling farmers.
These are just two examples of an emerging pattern.
“That’s literally the conversation playing out at every table,” said the source, who asked not to be named given the sensitivity of the discussions. “Almost everything has been raised (even if formal proposal papers have not yet been presented). People respond, ‘We have no mandate, we can’t discuss it.’”
The negotiators will broach additional difficult topics Monday. A schedule obtained by The Canadian Press shows that the 12 negotiating tables meeting include the groups responsible for working on auto-parts rules, government procurement and Buy American rules, and intellectual property.
But the history of international trade negotiations suggests not reading too much into early intransigence.
Former Canadian negotiator Gordon Ritchie, in his memoirs of the original 1980s Canada-U.S. trade talks, expressed frustration that the lead U.S. negotiator repeatedly refused to engage in discussions that were considered politically sensitive and that would ultimately be decided in the end by his bosses in Washington.
That’s what ended up happening in 1987: the thorniest issue involved a new international dispute-settlement mechanism and it was settled in a final-night phone call between Brian Mulroney and Ronald Reagan confidant James Baker.
It remained true in 2015. American officials fumed during the Trans-Pacific Partnership negotiations that the Canadians wouldn’t even talk about dairy until the final phase of talks. At the very end, the Canadians agreed to open the market to 3.25 per cent more imports.
The source said he isn’t overly concerned about the early-round head-butting, which he says is expected. He says he still believes an agreement is possible by the end of the year: “I am not any more or less optimistic than I was going into this round.”
The one irritant that has publicly surfaced is labour.
That’s partly because Canadian labour leader Jerry Dias has been a ubiquitous presence at these talks — addressing a Mexican rally, meeting with Canada’s chief negotiator for well over an hour in a hotel lobby bar in plain sight of dozens of journalists, and doing frequent interviews and scrums with hordes of news-starved journalists staking out the Mexico City hotel where talks are being held.
Other sources say Canada has several labour priorities: It wants the U.S. to sign a series of international labour agreements it has yet to approve, and wants changes to labour laws in Mexico that would increase the salaries of autoworkers.
Dias calls the higher southern salaries a win-win: Mexican workers would benefit, and Canadian and American workers might save some future jobs as more plants remain in the wealthier countries.
Sources say the U.S. considers some of those demands a non-starter. And the Mexican political establishment is passionately lined up against any drastic labour changes seen as being imposed on it by foreign countries.
Dias keeps repeating one mantra in each of these public appearances: That Mexican autoworkers, who make a few dollars an hour, should have the opportunity to afford to buy the cars they make.
The Unifor president has revelled in his bad-cop role to the good-cop Canadian government which insists it wants a deal quickly that will save NAFTA.
Dias is telling reporters covering the summit that he couldn’t care less if the agreement survives, that it’s a bad deal for workers everywhere, and is completely indifferent when U.S. President Donald Trump threatens to blow it up as a negotiating tactic.
“When Donald Trump talks about walking away from NAFTA, nobody gets diarrhea,” Dias told a crush of international reporters staked out in that hotel lobby.
A former senior U.S. trade official says he completely expected early aggressiveness from his own country. He predicts the countries will start talking numbers and specifics in a few weeks, things will get heated, and everyone will keep working toward a deal by year’s end.

“I figured they were going to come out tough in the beginning,” said Welles Orr, former assistant U.S. trade czar. “No surprises there... (But) the (U.S.) administration is eager to get a deal done... Everybody knows the Mexicans do as well.”

viernes, 1 de septiembre de 2017

RELACIONES MÉXICO-ESTADOS UNIDOS: SE REQUIERE UNA RUTA DISTINTA

Las complejas relaciones de México y los Estados Unidos han definido en importante medida la historia de nuestro país, en vista de que la contigüidad geográfica y la asimetría de poder con la mayor potencia del mundo en el último siglo; y antes de ello, con la mayor potencia emergente del siglo anterior (s.XIX), han impactado la extensión territorial del país (disminuyéndola en más de la mitad); la política interna y externa (las Constituciones liberales de 1824 y 1857[1] se inspiraron en la de Estados Unidos; las constantes intervenciones militares y amenazas contra México han estado presentes a todo lo largo de nuestra historia independiente); y la economía (desde fines del s. XIX y hasta la actualidad, la dependencia económica respecto a los Estados Unidos ha sido constante).
De ahí que la política exterior, la económica y en parte la política interna, han estado influidas y en muchas ocasiones, determinadas por la relación bilateral.
Los distintos gobiernos mexicanos han lidiado con esta realidad de diferentes maneras, dependiendo siempre de las capacidades internas y de las condiciones políticas, económicas, militares y sociales  del país en diferentes épocas.
Así por ejemplo, cuando México acababa de proclamar su independencia de España, se buscó el apoyo de Estados Unidos (económico y político), ante los amagos españoles de reconquista a través de la Santa Alianza, lo que fue aprovechado por Estados Unidos para establecer al continente americano como su coto privado, a través de la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) enunciada en 1823.
En cambio, el expansionismo territorial de los estadounidenses los llevó a ingresar legal (facilidades otorgadas por el propio gobierno de México) e ilegalmente en territorio mexicano (Texas), lo que a la postre provocaría la separación de dicha zona (1836) y después la guerra mediante la cual Estados Unidos arrebató a México más de la mitad de su territorio (1846-48).
Este trauma nacional generó una actitud más defensiva de parte del gobierno mexicano, ante la creciente agresividad y expansionismo del vecino (compra forzada de La Mesilla en 1853).
Sin embargo, la situación de debilidad del gobierno mexicano durante la Guerra de Reforma (1857-60) y su necesidad de préstamos y reconocimiento político, acercaron nuevamente al gobierno mexicano al de Estados Unidos (Tratado Mclane-Ocampo[2], firmado por Benito Juárez).
Después de la fracasada invasión francesa a nuestro país y la caída del Imperio de Maximiliano (1867), los gobiernos liberales mexicanos tomaron como modelo al sistema político y económico de Estados Unidos, intentando replicar el éxito logrado en ambos campos en el vecino país.
Fue Porfirio Díaz quien incentivó la inversión extranjera, tanto europea como estadounidense, para “modernizar” a la nación.
Sin embargo, a lo largo de su dictadura, las constantes presiones y exigencias de Estados Unidos por “reparaciones” a sus ciudadanos, por supuestos daños en ocasión de las diferentes rebeliones sucedidas en México; así como por la “inseguridad” en la frontera, ocasionada por bandidos e “indios”; y especialmente las ambiciones de políticos y aventureros para anexarse más territorio mexicano, convencieron a Díaz de que era preferible inclinarse hacia las potencias europeas, para así equilibrar la influencia estadounidense en nuestro país.
La Revolución Mexicana abrió un periodo de intervencionismo político y militar de Estados Unidos[3], con la intención de desplazar a las potencias europeas del ámbito económico (especialmente a Gran Bretaña, Francia y Alemania), así como evitar que con el inicio de la Primera Guerra Mundial, Alemania estableciera una “cabeza de playa” en México; y a la vez, aprovechar la coyuntura de desorden en el país, para imponer un gobierno “títere” de Washington.
Los resultados para Estados Unidos fueron mixtos, pues si bien logró disminuir de manera relevante la presencia de las potencias europeas en México en el ámbito económico, esto fue más una consecuencia de la devastación sufrida por Europa durante la Primera Guerra Mundial, que de las maniobras del gobierno estadounidense; y de la misma forma, la derrota de Alemania evitó que este país tuviera una influencia mayor en México[4].
Por lo que respecta a un gobierno impuesto por Estados Unidos, a lo largo de la lucha revolucionaria el gobierno de Woodrow Wilson apoyó a distintas facciones (Huerta, Villa, Carranza), intentando engancharlos al apoyo estadounidense; pero fueron finalmente los hechos en el terreno, los que decidieron la victoria del constitucionalismo, que nunca aceptó subordinarse a las directrices estadounidenses y que inteligentemente usó la política internacional, amagando aliarse con Alemania, para hacer retroceder las ambiciones estadounidenses (retiro de la Expedición Punitiva en 1917).
La Constitución nacionalista de 1917 volvió a generar la molestia y las presiones estadounidenses para cambiar las disposiciones en materia de petróleo y propiedad agraria, que afectaban los intereses empresariales de sus nacionales.
El gobierno de Obregón, sin eliminar las disposiciones constitucionales, logró el reconocimiento de Estados Unidos a través de los llamados “Acuerdos de Bucareli” (1923), mediante los cuales se aplicaron dichas disposiciones de una manera favorable a los intereses estadounidenses.
Fue en el gobierno de Cárdenas que nuevamente las relaciones alcanzaron una tensión mayor, cuando las empresas petroleras estadounidenses y británicas, se negaron a mejorar las condiciones salariales y laborales de los trabajadores, y el gobierno mexicano (por única vez en la historia del país) se puso del lado de los trabajadores, lo que provocó el conflicto jurídico-político que derivó en la expropiación petrolera del 18 de Marzo de 1938.
La reacción de las petroleras y del gobierno de Estados Unidos fue el boicot económico a México, pero nuevamente el gobierno mexicano aprovechó las circunstancias de la política internacional, con la disputa que existía entonces con las potencias del Eje (Alemania-Japón-Italia), para equilibrar las presiones de Estados Unidos, pues el gobierno de Cárdenas amagó con romper el bloqueo aliándose con dichas potencias, lo que llevó al presidente Roosevelt a presionar a las empresas petroleras para que aceptaran llegar a un acuerdo con el gobierno mexicano.
Durante la Segunda Guerra Mundial, México fue aliado de Estados Unidos y al término de la misma, la vinculación de la economía mexicana con la estadounidense se fortaleció, y además la “Guerra Fría” obligó a nuestro país a alinearse con el bloque capitalista.
Sin embargo, dada la historia de intervencionismo militar, agresiones y presiones por parte de Estados Unidos, distintos gobiernos mexicanos mantuvieron una política de buena vecindad, pero de prudente distancia.
Así, el gobierno de Estados Unidos, con tal de mantener un vecino relativamente estable en lo político, económico y social al sur de su frontera, toleró una cierta “independencia” de la política exterior mexicana (caso cubano), a lo que se le denominó “relación especial”.
Pero el incremento del narcotráfico y de las adicciones en Estados Unidos, así como el intervencionismo estadounidense en Centro américa, llevaron la relación bilateral a nuevas tensiones en los años ochenta del siglo pasado, que finalmente comenzaron a administrarse (caso del narcotráfico) y a superarse (acuerdos de paz en El Salvador y Guatemala; elecciones en Nicaragua).
La llegada de los gobiernos neoliberales en México inició un vuelco en la relación bilateral, pues se buscó que tanto la dependencia económica respecto a Estados Unidos, como la subordinación político-militar, ya no dependieran de la buena voluntad de los gobiernos, sino de instrumentos político-jurídicos, como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (1994), y más recientemente la Iniciativa Mérida (2008).
Así, las élites económicas y la mayor parte de la clase política mexicana decidieron que era mejor “negociar” la subordinación mexicana a Estados Unidos, para así obtener beneficios de ella, en vez de permanecer en una situación de buena vecindad, pero con constantes tensiones y fricciones por distintos temas y coyunturas.
Y así surgió la ficción de que ambos países son “amigos, socios y aliados”. Ficción a la que el actual gobierno se sigue aferrando, a pesar de que el titular del Poder Ejecutivo de la superpotencia y una parte nada desdeñable del establishment político y económico de ese país, no consideran a México ni amigo, ni socio, ni aliado.
  
DOS MODELOS EN LA RELACIÓN BILATERAL
Después de esta apretada revisión, a “vuelo de pájaro” de la relación bilateral, se puede afirmar que los gobiernos mexicanos han tratado de subsanar la asimetría de poder con la mayor potencia del mundo, mediante dos rutas distintas:
A.  La defensa de la soberanía e independencia nacionales, aprovechando las circunstancias de la política internacional, cuando Estados Unidos se encuentra presionado y ocupado en una competencia con otras potencias mundiales (Primera Guerra Mundial con Alemania; Segunda Guerra Mundial con Alemania y Japón; y Guerra Fría con la Unión Soviética), para así disminuir las presiones estadounidenses y poder equilibrar un poco más la relación.
B.  El colaboracionismo (primeros años después de la Independencia e intentos de reconquista de España; Guerra de Reforma; invasión francesa), fue el intento de apoyarse en Estados Unidos ante las ambiciones de potencias europeas, así como ante grupos internos (conservadores) que amenazaban al gobierno constituido.
Sin embargo, en el momento actual, el colaboracionismo tiene que ver más con la permanencia y consolidación de un sistema político-económico que explota a la población y el territorio mexicanos en beneficio de una minoría; que necesita a Estados Unidos, no sólo como modelo, sino como garante y apoyo principal de dicho esquema de explotación; a cambio de ese apoyo, se le aseguran a la superpotencia sus principales intereses económicos en el país, la seguridad (relativa) en su frontera sur y la subordinación del país en materia de política internacional.
Esto es, el colaboracionismo actual tiene que ver más con un proyecto de las élites económicas y políticas neoliberales para asegurar su lugar como apéndice del país hegemónico en el mundo, suponiendo que de esa manera se evitan o disminuyen significativamente las presiones y los amagos de intervención; y no tiene que ver con la defensa de la soberanía e independencia nacionales, que ahora se han “relativizado”, con el supuesto de que el proyecto es crear una región integrada de “Norteamérica”.
Pero da la casualidad de que ese proyecto de región integrada es un proyecto de una parte de las élites de Estados Unidos, México y Canadá, y de ninguna manera expresa el sentir de la mayoría de la población de los tres países, ni tampoco de otros segmentos de las élites económicas y políticas de los mismos. Esto es, ha sido un proyecto impuesto, no consensuado, ni mucho menos consultado democráticamente.
De ahí que ha surgido recurrentemente, en los últimos 25 años, oposición al mencionado proyecto, principalmente dentro de Estados Unidos (Ross Perot, Trump, Sanders) y México (C. Cárdenas); y ahora existe en Washington un gobierno crítico de ese proyecto, que bien podría detenerlo, con la salida estadounidense del tratado comercial y un endurecimiento de las presiones en materia de seguridad, migración y política exterior.

UN MODELO DISTINTO
Está claro que el colaboracionismo que se ha instrumentado desde hace un cuarto de siglo, para favorecer a una élite, en detrimento de la mayoría de la población en nuestro país, está encontrando sus límites, ya que seguir insistiendo en él, como lo está haciendo el gobierno de Peña, está llevando al país a hacer todavía más concesiones de las que ya ha hecho, convirtiendo a México en algo menos que un protectorado estadounidense y por lo mismo mucho más vulnerable a presiones, exigencias y de plano intervenciones directas en materia política, económica e incluso militar.
Está claro también que la actual élite económico-política que ha instrumentado esta estrategia de colaboracionismo, no desea, ni puede cambiar de curso, lo que va a provocar que el país quede sin medio de defensa alguno ante la superpotencia, pues habrá rendido todos los instrumentos que podrían ayudar al país a equilibrar en alguna medida la relación bilateral.
De ahí que la única posibilidad de redireccionar la relación bilateral, de tal forma que el país pueda recuperar algo de su soberanía e independencia, forzosamente pasa por cambiar al gobierno de la República en las próximas elecciones.
En caso de que esta hazaña pudiera lograrse, a pesar de la guerra sucia, el fraude, la represión y los ríos de dinero que la élite actual utilizará para evitar que eso suceda, el nuevo modelo de la relación bilateral tendría que tomar en cuenta distintos puntos, en el plano estratégico.
En principio hay que considerar que los Estados Unidos se encuentran en una etapa de crisis en sus estructuras económica, política, militar y social.
En lo económico[5], enfrenta una deuda descomunal, que ya supera al PIB; un permanente déficit comercial con el resto del mundo; una continua desindustrialización, vinculada a la dinámica de la globalización económica; una creciente competencia por parte de China en términos comerciales e industriales, y cada vez más en el ámbito tecnológico; y un crecimiento económico insatisfactorio, que se prolonga ya por casi dos décadas.
En materia de política internacional, la unipolaridad del fin de la primera Guerra Fría (ya estamos en la segunda desde 2014), ha dado paso a la multipolaridad (China, Rusia y la Unión Europea, significativamente), que obstaculiza los intentos hegemónicos de la superpotencia por definir, sin negociaciones o consensos de por medio, las principales decisiones en el ámbito internacional, lo que ha ido generando crecientes tensiones y una cada vez menos disfrazada competencia por el liderazgo mundial, entre Estados Unidos y China y Rusia, principalmente.
Además, Estados Unidos ha quedado atrapado en las prioridades de sus aliados en diferentes regiones del mundo, como las de Israel, Egipto, Arabia y Turquía en el Medio Oriente; Japón, Corea del Sur, Taiwán y las Filipinas en el Lejano Oriente; y la OTAN en Europa del Este; aliados que están vinculados fuertemente con grupos de presión internos (neoconservadores y liberales intervencionistas); y con estructuras de poder que no permiten el cambio de políticas en el ámbito internacional (el complejo militar-industrial-de seguridad y la comunidad de inteligencia).
Así, en términos militares Estados Unidos ha sido llevado por sus intereses geopolíticos, económicos y de prestigio internacional a mantener una política de intervencionismo en diferentes regiones del mundo[6], pero especialmente en el Medio Oriente, que le ha costado billones de dólares, miles de muertos y heridos entre sus tropas, y una constante presión política y social interna, que ha generado oposición a más aventuras militares; así como el crecimiento en enfermedades mentales, suicidios y drogadicción entre las decenas de miles de veteranos de esas guerras.
El esfuerzo de las élites estadounidenses por mantener la hegemonía mundial a toda costa, y en impulsar el proceso de globalización económica, ha pasado factura a la sociedad estadounidense, con zonas del país golpeadas por la desindustrialización; aumento de drogadicción y crimen; desempleo, subempleo o empleos peor pagados; y una mayor división entre grupos sociales por cuestiones de raza, religión, nacionalidad o status económico-social.
Pues bien, ante las evidencias de una potencia mundial con tantos problemas, y que para muchos analistas refleja el inicio de su declinación, las élites económicas y la mayor parte de la clase política en México, han optado por vincular subordinadamente al país con ella, sin medir del todo las consecuencias que eso ha tenido y tendrá en las estructuras políticas, económicas y sociales; y lo han hecho por una cuestión de interés grupal, no por un genuino interés de superar las carencias nacionales o mejorar la situación material de la mayoría de la población.
El colaboracionismo impulsado por las élites neoliberales, tanto de México como de Estados Unidos, tiene el objetivo de rendir completamente la soberanía nacional a un proyecto de supuesta integración, que en principio fue económico, y después pasó a ser político-de seguridad y militar; dejando para después (25, 50 ó 100 años) la libre circulación de las personas entre ambos países, dado el rechazo a ello de la mayoría de la población estadounidense.
El problema con ese proyecto, como lo afirmamos antes, es que es un proyecto de élites, sin consenso social en ambos países, y ni siquiera con el consentimiento de partes relevantes del establishment político estadounidense y mexicano, lo que ahora se ha expresado electoralmente con el triunfo de Trump; y que bien podría tener una expresión nacionalista en México en el 2018, con un posible triunfo de López Obrador.
Por ello, es indispensable que de triunfar la izquierda moderada nacionalista en México, se rompan inicialmente los vasos comunicantes que sirven como correas de transmisión del proyecto de integración, que sólo es un esquema disfrazado de perenne explotación de la mano de obra, los recursos naturales y financieros de México en favor de las élites globalizantes de Estados Unidos y de sus vasallas contrapartes mexicanas.
De ahí que los primeros pasos que deberían darse para detener el colaboracionismo y el proyecto antidemocrático de integración,  serían los siguientes:
a)  Es necesario retirarse del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, pues es el que sirve de instrumento a las élites neoliberales de ambos países para mantener el proyecto de “integración”, que en realidad sólo es un proyecto de permanente explotación de la mano de obra, los recursos naturales y financieros de México (y es una vía para la degradación de la planta industrial y de las organizaciones sindicales de ambos países). La relación comercial tendría que llevarse a través de las reglas establecidas en la OMC, un instrumento multilateral en donde las asimetrías entre ambos países pueden manejarse de una manera menos desventajosa.
b)   México debe dar por terminada la Iniciativa Mérida, mediante la cual todo el aparato de seguridad e inteligencia mexicano ha quedado subordinado al de Estados Unidos. Los “apoyos” económicos a través de este instrumento bien pueden subsanarse internamente; no son absolutamente indispensables y por el contrario, se convierten en un constante condicionamiento sobre las instituciones mexicanas. Dentro de este punto, es necesario reestablecer la prohibición de usar armas a los agentes estadounidenses que actúan en el país; y, mantener un estricto control del número de los mismos que operan en territorio nacional.
c) El Ejército Mexicano y la Marina deben disminuir drásticamente su dependencia respecto a sus contrapartes de los Estados Unidos; especialmente se debe dar por terminada su subordinación al Comando Norte. Ello no significa que deba terminarse la colaboración por completo, sino que ésta debe darse desde un plano de igualdad, en términos político-jurídicos, ya que la dependencia de las fuerzas armadas del país respecto a sus contrapartes estadounidenses ha llegado a tal grado, que se corre el peligro de que su intervención en defensa de la soberanía y el territorio nacionales, así como en asuntos de competencia interna, acabe por ser autorizada por los comandantes estadounidenses.
d)  Para equilibrar esta disminución del colaboracionismo, es indispensable que en materia comercial, de inversiones, de seguridad, etc. el país inicie acercamientos firmes, prácticos con potencias que estén dispuestas a cooperar en distintos ámbitos con el país (Unión Europea, países latinoamericanos, China, Rusia, India, Japón, Corea del Sur, Sudáfrica, etc.).
e)   Las autoridades mexicanas no deben asumir en automático las sanciones que Estados Unidos aplica a otros países, empresas o individuos, a quienes acusa de narcotraficantes, terroristas o corruptos; es indispensable establecer un mecanismo que dé certeza jurídica y asuma la presunción de inocencia en México, antes de aplicar políticas punitivas que no se sabe a ciencia cierta si están basadas en evidencias, o son sólo instrumentos de presión política y económica de la superpotencia.
Una vez rotos los hilos conductores que permiten la subordinación mexicana a Estados Unidos, y que sin duda provocarán una andanada de presiones, ataques y críticas de la superpotencia y de sus lacayos en México y otros países, sería necesario diseñar los nuevos instrumentos de cooperación con Washington, sabiendo de antemano que va a rechazarlos, esperando doblar al gobierno mexicano con sus amenazas y presiones.
Así como en el tema comercial, la vía debería ser a través de las reglas de la OMC; en narcotráfico se deberían aplicar mecanismos multilaterales, como los negociados en los organismos especializados de la ONU[7], en vez de establecer sólo las directrices que desean las agencias estadounidenses; y el mismo caso vale para la migración.
Sin embargo, en el tema de migración, la vulnerabilidad de México es mucho mayor dado que los migrantes mexicanos aportan 25 mil millones de dólares al año de remesas, y Estados Unidos bien podría obstaculizar ese flujo, para así tratar de evitar que México dé por terminados los otros instrumentos de vasallaje que se han implantado en las últimas tres décadas.
Por ello, sería indispensable desarrollar una estrategia multifacética: defensa legal y política de los migrantes en Estados Unidos; impulsar la naturalización de la mayor parte de ellos, para evitar represalias económicas y deportaciones; establecer medidas espejo en relación a posibles embargos de las remesas, aprobando leyes internas mediante las cuales se impongan impuestos o tarifas para exportaciones de empresas estadounidenses, en la misma medida; denuncias y acciones en los organismos multilaterales; y, no descartar expropiaciones de empresas y activos estadounidenses en el mismo monto en el que se afecten las remesas (seguramente Estados Unidos aplicaría medidas similares a empresas y nacionales mexicanos en su territorio; la ventaja es que la gran mayoría de ellos son los que apoyan el colaboracionismo y la subordinación a Estados Unidos, por lo que de hacerlo, el gobierno de ese país estaría perjudicando a sus aliados).
Si México se encierra en mecanismos bilaterales con Estados Unidos, sin tomar en cuenta la normatividad internacional, los acuerdos en el ámbito multilateral, ni utiliza la cooperación con otros países, la asimetría de poder en la relación bilateral, acabará por orientar las soluciones o la administración de los problemas en favor de los Estados Unidos.
Así también, en vez de profundizar el “modelo estadounidense” de desarrollo, que sólo ha intensificado la desigualdad y la concentración del poder y del ingreso en una minoría, se requerirían explorar modelos menos individualistas y excluyentes, empezando por priorizar al mercado interno, con el impulso de cadenas productivas, substitución de importaciones y el apoyo a la investigación y desarrollo científico-tecnológico en el país.
Se cree (equivocada e interesadamente) que impulsar el mercado interno o buscar modelos diferentes de desarrollo, es ir contra la globalización. Una globalización que ha sido planeada, dirigida e instrumentada por élites excluyentes, que sólo buscan su enriquecimiento y la concentración del poder en sus manos, y que no han buscado en ningún momento democratizar las decisiones, el rumbo y los objetivos de dicha globalización.
Es por ello que una globalización democrática, debe buscar primero el bienestar de la población, de la gente, no de los “mercados”, ni de las minorías interesadas sólo en sí mismas.
Esto requiere una revolución política, social, cultural, educativa, que tiene que liderar un gobierno que no esté comprometido, ni condicionado por las élites, ni por la superpotencia; por ello, sus integrantes no pueden provenir de esas élites, a riesgo de que un intento tan ambicioso, aborte.
Si sucederá o no, dependerá de la fuerza organizada de una parte importante de la sociedad mexicana, para cambiar el rumbo político del país en el 2018.
De no ser así, el país seguirá hundido en la violencia, la inseguridad, la impunidad, la corrupción, la pobreza y la desigualdad, que son las divisas del modelo expoliador y depredador impuesto hace 35 años, por la superpotencia y las élites vasallas mexicanas.




[1] A excepción de la abolición de la esclavitud, que aún existía en los Estados Unidos.
[2] Tratado firmado por el gobierno de Juárez y el de Estados Unidos en diciembre de 1859, por el que se daba libre tránsito a mercancías y tropas de Estados Unidos por el Istmo de Tehuantepec, a cambio de 4 millones de dólares; así como su derecho de tránsito por varias zonas del Norte de México. La rivalidad entre estados esclavistas y anti esclavistas obstaculizó la aprobación del tratado en el Senado de Estados Unidos.
[3] Pacto de la Embajada (1913); ocupación de Veracruz y Tampico en 1914; Expedición Punitiva 1916-17.
[4] Intentos alemanes por instigar una guerra entre México y Estados Unidos (Telegrama Zimmerman), que finalmente no fructificaron.
[5] Aun considerando que Estados Unidos sigue siendo la mayor economía del mundo, con el control sobre la principal divisa (el dólar) y con la base tecnológica más avanzada del planeta.
[6] Utilizando como su principal justificación la “Guerra contra el Terrorismo”.
[7] UNODC y JIFE.