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Volcán Popocatépetl

miércoles, 6 de febrero de 2019

EL ARROGANTE Y DECRÉPITO IMPERIO SE ARRODILLA ANTE ISRAEL

Escuchar a Donald Trump durante casi 25 minutos (más de una cuarta parte del tiempo de su discurso ante el Congreso) alabar, defender y presentar como una víctima (lo de siempre) a Israel, y señalar al anti-semitismo como la amenaza mayúscula para los judíos en Estados Unidos y en el mundo, sin tocar siquiera la islamofobia que existe en su país, las persecusiones a numerosas minorías religiosas en el mundo, y los actos de racismo que se cometen en todas las latitudes del planeta y significativamente en Israel, en donde se discrimina y se reprime sin cesar a la minoría palestina (ya para que mencionar la continua masacre a los palestinos que protestan contra su brutal encierro en Gaza)[1], resultó aleccionador para confirmar, una vez más, que la arrogante y decrépita superpotencia es un vasallo servil de Israel y del poderoso lobby pro israelí estadounidense.
Por su puesto que Trump mantuvo la narrativa dictada por Netanyahu que el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel, sólo es admitir la "realidad" de lo que sucede en esa parte del mundo. Es decir, los derechos reconocidos internacionalmente a cualquier pueblo pueden violarse impunemente, pues es la “realidad” lo que cuenta; entonces si se tiene el poder para cambiarla a la conveniencia de uno, eso se convierte en la ley. Tres siglos de avances en el Derecho Internacional para detener a las guerras de agresión y conquista, que han ocasionado las peores masacres y desgracias a la humanidad, Trump los ha tirado a la basura, por órdenes de su amo Benjamín Netanyahu, con objeto de asegurar que la expansión continua de los ilegales asentamientos de los colonos sionistas se mantenga inalterada; y de la misma forma, pronto se le ordenará a Trump que reconozca formalmente (pues de facto ya lo ha hecho), la “soberanía” israelí sobre las Alturas del Golan, que en la guerra de agresión de 1967 Israel le robó a Siria.
Así también, siguió con su histérica narrativa anti iraní y más pronto que tarde, los neoconservadores pro israelíes que manejan a su antojo la política exterior y de agresión (no de defensa) de Estados Unidos, lograrán su objetivo de iniciar una guerra contra Irán, con las devastadoras consecuencias que eso tendrá en el mundo entero.
Resultó cómico y patético ver a Trump casi pedirles de favor a sus amos israelíes, que tienen conquistado al Congreso estadounidense, terminar la guerra en Afganistán y poder retirar los 2000 soldados que tiene en Siria, pues sólo generan costos en dinero y vidas humanas, sin que efectivamente puedan cambiar la realidad (esa que tanto aprecia Trump) en el terreno, donde los talibanes y los sirios (con sus aliados) han derrotado a los estadounidenses y sus mercenarios y terroristas.
Pero es casi seguro que Trump no podrá retirar a las tropas de esos dos países, pues su amo Netanyahu ya ha dicho que eso no conviene a Israel, y sólo lo que conviene a Israel es lo que hace la decadente superpotencia que una y otra vez es humillada públicamente y cae de rodillas ante sus amos israelíes.  

martes, 5 de febrero de 2019

People Who Care About Democracy Don’t Plot Coups Abroad
Do we think people who armed death squads and started wars really want to “bring democracy” to Venezuela?
For some months now, Venezuela’s socialist government has lurched through a series of escalating crises – hyperinflation, mass protests, political violence – while both the government and its opposition have flirted with authoritarianism.
It isn’t pretty – and to hear the right wing tell it, it’s the future the U.S. left wants for our own country. As if to prevent that, the Trump administration is now fomenting a coup in Venezuela.
They’ve publicly recognized an unelected opposition leader as president, discussed coup plans with Venezuela’s military, and sanctioned oil revenues the country needs to resolve its economic crisis. They’re even threatening to send US troops.
They’ll tell you this about restoring “democracy” and “human rights” in the South American country. But one look at the administration officials driving the putsch perishes the thought.
Take Secretary of State Mike Pompeo, who recently spoke at the United Nations calling on countries to stand “with the forces of freedom” against “the mayhem” of Venezuela’s government.
This fall, the same Pompeo shared a photo of himself beaming and shaking hands with Saudi Arabia’s crown prince – just as the prince’s order to kill and dismember a US resident journalist was coming to light. The same prince is carrying on a U.S.-backed war in Yemen, where millions are starving.
Does this sound like a man who gives one fig for democracy, or against mayhem?
Or take Pompeo’s point man on Venezuela, the dreaded Elliott Abrams. Pompeo said Abrams was appointed for his “passion for the rights and liberties of all peoples.” More likely, it was Abrams’ history as Reagan’s “Secretary of Dirty Wars” (yes, that’s a real thing people called him).
singularly villainous figure, Abrams vouched for US backing of a genocidal Guatemalan regime and Salvadoran death squads in the 1980s. And when a UN report cataloged 22,000 atrocities in El Salvador, Abrams praised his administration’s “fabulous achievement” in the country.
Abrams was convicted of lying to Congress about US support for Nicaragua’s brutal Contras, but that didn’t prevent him from serving in George W. Bush’s State Department – which backed not only the Iraq war but an earlier coup attempt in, you guessed it, Venezuela.
“It’s very nice to be back,” Abrams told reporters. I bet!
Finally, there’s National Security Adviser John Bolton, who recently took a cute photo with the words “5,000 troops” written on a notepad. Bolton still thinks the Iraq war was a good idea, and he’d like the one with Iran too. Do we think it’s bread and roses he wants for Venezuela?
For all its faults, Venezuela achieved tremendous things before the current crisis – including drastic reductions in poverty and improvements in living standards. Mismanagement and repression may have imperiled those gains, but that’s no justification at all for the US getting involved. In fact, US sanctions have worsened the economic crisis, and US coordination with coup plotters has poisoned the country’s political environment even further.
The future of Venezuela’s revolution is for Venezuelans to decide, not us. All that can come of more intervention now is more crisis, and maybe even war.
Instead of regime change, the US – and especially progressive politicians (looking at you, Nancy Pelosi) – should back regional dialogue and diplomacy. While Democratic Party leaders appear to back Trump, a few representatives – like Ro Khanna (D-CA) and Ilhan Omar (D-MN) – are bravely backing a diplomatic course.
For all the right’s warnings that the left wants to “turn the US into Venezuela,” we should pay careful attention to what the people who gave guns to death squads and destroyed the Middle East want to do with it. Because unlike the left, they’re already running our own country.

Peter Certo is the editorial manager of the Institute for Policy Studies and the editor of OtherWords.org. Reprinted from OtherWords.org with permission.

lunes, 4 de febrero de 2019

LA CUARTA TRANSFORMACIÓN Y EL CAPITALISMO CONTEMPORÁNEO

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) está determinado en trasformar al país (ha denominado su programa de gobierno como la Cuarta Transformación, después de la Independencia, la Reforma y la Revolución), en su período de gobierno (le quedan 5 años con 8 meses), eliminando la corrupción, implantando una austeridad “franciscana” en el gobierno, recuperando la seguridad para la población mexicana, aumentando el crecimiento económico respecto al logrado las últimas tres décadas y media; y redistribuyendo la riqueza a través de una batería de programas sociales y obras de infraestructura en todo el país.
Tan ambicioso plan lo tiene que realizar de manera pacífica (a diferencia de las tres transformaciones pasadas en las que se inspira, que implicaron guerras civiles que destruyeron buena parte del país y que en las dos últimas, desalojaron a las élites dirigentes del poder); conviviendo con la subclase política que ha gobernado las últimas tres décadas y media, junto con los principales beneficiarios de las políticas implantadas (oligarcas y clases medias altas); en un sistema político-económico infestado de corrupción y entrelazado con grupos y prácticas cotidianas del crimen organizado; y además, inserto en la zona de influencia de la principal potencia económica y militar mundial, que no espera otra cosa de su vecino del Sur, más que un permanente vasallaje y subordinación a sus directrices.
López Obrador ha debido transigir con las élites locales y con la potencia hegemónica, manteniendo los principales elementos del modelo económico prevaleciente; esto es, la inserción voluntaria de México en la estructura económica-financiera de Occidente, a través de su aceptación del liderazgo económico de Estados Unidos; su integración a la red mundial de tratados de libre comercio y a los organismos financieros internacionales; así como a las redes de financiamiento internacional, que determinan al capitalismo contemporáneo.
Internamente ha aceptado la estructura oligárquica prevaleciente, en donde las grandes corporaciones nacionales y sus socios trasnacionales, dominan ampliamente el mercado interno y los vínculos económicos internacionales del país.
Y como piedra de toque de todo ello, AMLO ha señalado que no pretende modificar en lo absoluto la autonomía del Banco de México, institución encargada de mantener bajo control la creación monetaria del país, siguiendo las directrices de los “mercados internacionales”; así como fuera del alcance del gobierno, las reservas internacionales (que se encuentran en Nueva York; y las reservas de oro en Londres), que sólo pueden ser utilizadas para las funciones que los banqueros centrales del mundo establecen de manera independiente, desde el Banco de Pagos Internacionales (cuya sede está en Basilea, Suiza).[1]
El capitalismo mundial, en su fase actual, está determinado por la preeminencia del capital financiero, cuyo objetivo es la acumulación de la riqueza en una minoría plutocrática, a través de la reproducción monetaria y de instrumentos financieros, sin correspondencia con la producción real de la economía mundial.[2] Por ello, en el centro del sistema están los bancos centrales y el sistema financiero internacional, que mueve los capitales sin restricciones alrededor del mundo, en busca de retornos inmediatos.
Y por el otro lado está el proceso acelerado de automatización y robotización de la economía, que está provocando un creciente desempleo y por lo tanto, menores ingresos para la mayoría de la población de los países desarrollados y de las economías emergentes, que ya no se pueden integrar a los sectores más dinámicos y productivos de la economía.[3]
AMLO se enfrenta a un cambio de paradigma en la economía internacional en donde la preeminencia no es la creación de empleos para que se generen ingresos, y con estos la economía funcione; sino una economía de élites en la que se producen, a muy bajo costo, con la automatización y la robótica, los productos y servicios que esas élites necesitan[4]; y un mercado de capitales que se reproduce exponencialmente, alejándose cada vez más de la economía real, dominado por minorías que sólo buscan retornos muy elevados, en el menor tiempo posible.
La base social que le dio el triunfo electoral a López Obrador en el 2018 es la población que ha quedado desplazada y marginada de la nueva economía, vinculada a los centros capitalistas de Occidente (y en menor medida a China, que constituye un modelo capitalista alternativo, en donde la producción industrial, agrícola, el desarrollo de infraestructura y de tecnología de punta en los sectores de telecomunicaciones, informática e inteligencia artificial, compite con el modelo de Occidente); y por lo tanto, exige una salida a su situación, mediante políticas públicas que recuperen la capacidad productiva local y regional en materia agrícola, comercial e industrial, y que permita hacer viable la reproducción social y económica a esos sectores de la población.
Por lo tanto, López Obrador se encuentra en medio de la realidad brutal del capitalismo contemporáneo, y toda la super estructura político-legal-militar que le acompaña, que presiona para mantener dicho modelo en el país; y, por el otro, la población que lo apoya políticamente y que espera un cambio de paradigma, en el cual el gobierno sirva de elemento dinamizador de un modelo de desarrollo que responda a las necesidades de empleo, ingreso, educación, salud, etc. de la mayoría de los habitantes del país, que han quedado marginados del patrón de desarrollo prevaleciente en el capitalismo contemporáneo.
López Obrador está tratando de responder a su base social con numerosos programas que intentan generar empleo, ingreso y en general, empoderamiento de esa población, lo cual implica redireccionar los recursos del Estado para ello. Algo que más temprano que tarde va a generar la respuesta económica, política y electoral, no sólo de las oligarquías locales vinculadas a los centros capitalistas de Occidente, sino de la misma potencia hegemónica, que no va a permitir que el modelo económico que prevalece en su zona de influencia, pueda ser erosionado con políticas públicas que no embonan con dicho patrón de acumulación capitalista.
De hecho, las políticas públicas que intenta impulsar López Obrador para integrar al desarrollo a amplios sectores de la población, tendrían una mejor coincidencia con el modelo chino, que siendo un modelo de expansión capitalista también, está basado en el desarrollo de las fuerzas productivas en los distintos sectores de la economía, y no exclusivamente en la creación de riqueza a partir del sector financiero, ni tampoco privilegia únicamente el desarrollo de la tecnología; sino que también busca desarrollar políticas públicas que creen empleo para su vasta población (es el país más poblado del mundo). Por lo que AMLO bien podría tender, en el mediano plazo, a replicar ciertos planes y programas parecidos a los que China ha desarrollado, lo que lo enfrentaría a los Estados Unidos y sus aliados internos, que se han puesto como prioridad, detener y hacer fracasar la influencia y el crecimiento del modelo chino en el mundo.



[1] El Banco sólo tiene otras dos oficinas de representación fuera de Basilea, una en Hong Kong y la otra, precisamente en la ciudad de México. Y el director general del Banco es el expresidente del Banco de México y ex secretario de Hacienda mexicano, Agustín Carstens. Los fundadores del Banco (1930) fueron el agente de la banca Rothschild y en ese entonces director del Banco de Inglaterra, Montagu Norman y el entonces Ministro de Finanzas de la Alemania nazi, Hjalmar Schacht.  https://es.wikipedia.org/wiki/Banco_de_Pagos_Internacionales

[4] Basado en cadenas de producción trasnacionales, para aprovechar menores costos de producción, impuestos y regulaciones ambientales. Así como en la monopolización de los recursos naturales que esas cadenas de producción requieren.
Trump Backtracks on Syria, Afghan Withdrawals, Facing Growing Senate Pressure
Trump now wants to keep 'smaller number' of troops in Afghanistan


Having drifted back and forth a few times on the US withdrawals from Syria and Afghanistan, President Trump seemed solid on leaving last week, but facing growing opposition from the Senate now shows signs of backtracking once again.

Previously talking up how the wars in Afghanistan and Syria can’t last forever, Trump is now saying he wants a “
smaller number” of troops to stay in Afghanistan, despite the Taliban already making it clear that was a non-starter for the peace deal.

In Syria, Trump is now focused on the idea that the pullout can only happen after assuring that “Israel is protected,” which is as close to a recipe for permanent warfare as one can get. Israeli officials have made clear they want the war to be about Iran, not ISIS.

And that seems to be the case in Iraq, as well, where President Trump is now saying
 US troops will remain, seemingly forever, to “watch Iran,” and make sure they don’t “do nuclear weapons or other things.”
Even with the slow, indefinitely half-departures, Trump was very hesitant, emphasizing that the US troops can “come back if we have to.” It’s going to be very hard for the US to “come back,” however if they never get around to leaving.

All of this never leaving is neatly in line with the stated positions of the Pentagon for years, but breaks wildly from President Trump’s recent talk of actually leaving some countries. The split seems to have coincided neatly with the Senate’s non-binding resolution expressing opposition to leaving either Syria or Afghanistan.

Though originally it seemed President Trump was going to stick to his guns on the matter, having already shrugged off opposition from within his administration, the pressure seems to be getting to him, and policy is slowly defaulting back to permanent wars with nebulous goals.
Why that is suddenly happening isn’t entirely clear, as the Pentagon’s outspoken opposition to ending wars seemed to do little but alienate Trump from former Defense Secretary James Mattis, and the other hawks in the administration failing in their own efforts to “walk back” the policy.

In the end, the weakness in Trump’s commitment to the pullout may reflect both Trump’s general lack of commitment to support the policy, and more importantly, his reluctance to clarify what the pullout policy actually is, or was, beyond the broadest strokes, allowing it to be revised on the fly.

domingo, 3 de febrero de 2019

FEBRUARY 1, 2019
American economic sanctions have been the worst crime against humanity since World War Two. America’s economic sanctions have killed more innocent people than all of the nuclear, biological and chemical weapons ever used in the history of mankind.
The fact that for America the issue in Venezuela is oil, not a democracy, will surprise only those who watch the news and ignore history. Venezuela has the world’s largest oil reserves on the planet.
America seeks control of Venezuela because it sits atop the strategic intersection of the Caribbean, South and Central American worlds. Control of the nation has always been a remarkably effective way to project power into these three regions and beyond.
From the first moment Hugo Chavez took office, the United States has been trying to overthrow Venezuela’s socialist movement by using sanctions, coup attempts, and funding the opposition parties. After all, there is nothing more undemocratic than a coup d’état.
United Nations Human Rights Council Special Rapporteur, Alfred de Zayas, recommended, just a few days ago, that the International Criminal Court investigate economic sanctions against Venezuela as a possible crime against humanity perpetrated by America.
Over the past five years, American sanctions have cut Venezuela off from most financial markets, which have caused local oil production to plummet. Consequently, Venezuela has experienced the largest decline in living standards of any country in recorded Latin American history.
Prior to American sanctions, socialism in Venezuela had reduced inequality and poverty whilst pensions expanded. During the same time period in America, it has been the absolute reverse. President Chavez funneled Venezuela’s oil revenues into social spendings such as free healthcare, education, subsidized food networks, and housing construction.
In order to fully understand why America is waging economic war on the people of Venezuela one must analyze the historical relationship between the petrodollar system and Sanctions of Mass Destruction: Prior to the 20th century, the value of money was tied to gold. When banks lent money they were constrained by the size of their gold reserves. But in 1971, U.S. President Richard Nixon took the country off the gold standard. Nixon and Saudi Arabia came to an Oil For Dollars agreement that would change the course of history and become the root cause of countless wars for oil. Under this petrodollar agreement, the only currency that Saudi Arabia could sell its oil it was the US dollar. The Saudi Kingdom would, in turn, ensure that its oil profits flow back into U.S. government treasuries and American banks.
In exchange, America pledged to provide the Saudi Royal family’s regime with military protection and military hardware.
It was the start of something truly great for America. Access to oil defined 20th-century empires and the petrodollar agreement was the key to the ascendancy of the United States as the world’s sole superpower. America’s war machine runs on, is funded by, and exists in the protection of oil.
Threats by any nation to undermine the petrodollar system are viewed by Washington as tantamount to a declaration of war against the United States of America.
Within the last two decades Iraq, Iran, Libya, and Venezuela have all threatened to sell their oil in other currencies. Consequently, they have all been subject to crippling U.S. sanctions.
Over time the petrodollar system spread beyond oil and the U.S. dollar slowly but surely became the reserve currency for global trades in most commodities and goods. This system allows America to maintain its position of dominance as the world’s only superpower, despite being a staggering $23 trillion in debt.
With billions of dollars worth of minerals in the ground and with the world’s largest oil reserves, Venezuela should not only be wealthy but her people the envy of the developing world. But the nation is essentially broke because American sanctions have cut them off from the international financial system and cost the economy $6 billion over the last five years. Without sanctions, Venezuela could recover easily by collateralizing some of its abundant resources or its $8 billion of gold reserves, in order to get the loans necessary to kick-start their economy.
In order to fully understand the insidious nature of the Venezuelan crisis, it is necessary to understand the genesis of economic sanctions. At the height of World War Two, President Truman issued an order for American bombers to drop “Fat Man” and “Little Boy” on the cities of Hiroshima and Nagasaki, killing 140,000 people instantly. The gruesome images that emerged from the rubble were broadcast through television sets across the world and caused unprecedented outrage. The political backlash forced U.S. policymakers to devise a more subtle weapon of mass destruction: economic sanctions.
The term “weapons of mass destruction” (WMD) was first defined by the United Nations in 1948 as “atomic explosive weapons, radioactive material weapons, lethal chemical and biological weapons, and any weapons developed in the future which have characteristics comparable in destructive effect to those of the atomic bomb or other weapons mentioned above”.
Sanctions are clearly the 21st century’s deadliest weapon of mass destruction.
In 2001, the U.S. administration told us that Iraq had weapons of mass destruction; Iraq was a terrorist state; Iraq was tied to Al Qaeda. It all amounted to nothing. In fact, America already knew that the only weapons of mass destruction that Saddam had were not nuclear in nature, but rather chemical and biological. The only reason they knew this in advance was because America sold the weapons to Saddam to use on Iran in 1991.
What the U.S. administration did not tell us was that Saddam Hussein used to be a strong ally of the United States.  The main reason for toppling Saddam and putting sanctions on the people of Iraq was the fact that Iraq had ditched the Dollar-for-Oil sales.
The United Nations estimates that 1.7 million Iraqis died due to Bill Clinton’s sanctions; 500,000 of whom were children. In 1996, a journalist asked former U.S. Secretary of State, Madeleine Albright, about these UN reports, specifically about the children. America’s top foreign policy official, Albright, replied: “I think this is a very hard choice, but the price – we think the price is worth it.” Clearly, U.S. sanctions policies are nothing short of state-sanctioned genocide.
Over the last five years, sanctions have caused Venezuelan per capita incomes to drop by 40 percent, which is a decline similar to that of war-torn Iraq and Syria at the height of their armed conflicts. Millions of Venezuelans have had to flee the country. If America is so concerned about refugees, Trump should stop furthering disastrous foreign policies that actually create them. Under Chavez, Venezuela had a policy of welcoming refugees. President Chavez turned Venezuela into the wealthiest society in Latin America with the best income equality.
Another much-vilified leader who used oil wealth to enrich his people, only to be put under severe sanctions, is Muammar Gaddafi. In 1967 Colonel Gaddafi inherited one of the poorest nations in Africa; however, by the time he was assassinated, Gaddafi had turned Libya into Africa’s wealthiest nation. Perhaps, Gaddafi’s greatest crime, in the eyes of NATO, was his quest to quit selling Libyan oil in U.S. Dollars and denominate crude sales in a new gold-backed common African currency. In fact, in August 2011, President Obama confiscated $30 billion from Libya’s Central Bank, which Gaddafi had earmarked for the establishment of an African Central Bank and the African gold-backed Dinar currency.
Africa has the fastest growing oil industry in the world and oil sales in a common African currency would have been especially devastating for the American dollar, the U.S. economy, and particularly the elite in charge of the petrodollar system.
It is for this reason that President Clinton signed the now infamous Iran-Libya Sanctions Act, which the United Nations Children’s Fund said caused widespread suffering among civilians by “severely limiting supplies of fuel, access to cash, and the means of replenishing stocks of food and essential medications.” Clearly, U.S. sanctions are weapons of mass destruction.
Not so long ago, Iraq and Libya were the two most modern and secular states in the Middle East and North Africa, with the highest regional standards of living. Nowadays, U.S. Military intervention and economic sanctions have turned Libya and Iraq into two of the world’s most failed nations.
“They want to seize Libya’s oil and they care nothing about the lives of the Libyan people,” remarked Chavez during the Western intervention in Libya in 2011.
In September 2017, President Maduro made good on Chavez’s promise to list oil sales in Yuan rather than the US dollar. Weeks later Trump signed a round of crippling sanctions on the people of Venezuela.
On Monday, U.S. National Security adviser John Bolton announced new sanctions that essentially steal $7 billion from Venezuela’s state-owned oil company. At that press conference, Bolton brazenly flashed a note pad that ominously said “5,000 troops to Colombia”. When confronted about it by the media, Bolton simply said, “President Trump stated that all options are on the table”.
America’s media is unquestionably the most corrupt institution in America. The nation’s media may quibble about Trump’s domestic policies but when it comes to starting wars for oil abroad they sing in remarkable unison. Fox News, CNN and the New York Times all cheered the nation into war in Iraq over fictitious weapons of mass destruction, whilst America was actually using sanctions of mass destruction on the Iraqi people. They did it in Libya and now they are doing it again in Venezuela. Democracy and freedom have always been the smoke screen in front of capitalist expansion for oil, and the Western Media owns the smoke machine. Economic warfare has long since been underway against Venezuela but military warfare is now imminent.
Trump just hired Elliot Abrams as U.S. Special Envoy for Venezuela, who has a long and torrid history in Latin America. Abrams pleaded guilty to lying to Congress about the Iran Contra affair, which involved America funding deadly communist rebels, and was the worst scandal in the Reagan Era. Abrams was later pardoned by George Bush Senior. America’s new point man on Venezuela also lied about the largest mass killing in recent Latin American history by U.S. trained forces in El Salvador.
There is nothing more undemocratic than a coup d’état. A UN Human Rights Council Rapporteur, Alfred de Zayas, pointed out that America’s aim in Venezuela is to “crush this government and bring in a neoliberal government that is going to privatize everything and is going to sell out, a lot of transitional corporations stand to gain enormous profits and the United States is driven by the transnational corporations.”
Ever since 1980, the United States has steadily devolved from the status of the world’s top creditor country to the world’s most indebted country. But thanks to the petrodollar system’s huge global artificial demand for U.S. dollars, America can continue exponential military expansion, record-breaking deficits, and unrestrained spending.
America’s largest export used to be manufactured goods made proudly in America. Today, America’s largest export is the U.S. dollar. Any nation like Venezuela that threatens that export is met with America’s second largest export: weapons, chief amongst which are sanctions of mass destruction.
Garikai Chengu is an Ancient African historian. He has been a scholar at Harvard, Stanford and Columbia University. Contact him ongarikai.chengu@gmail.com


viernes, 1 de febrero de 2019

ESTADOS UNIDOS Y SU DETERIORADA HEGEMONÍA, PONEN EN RIESGO AL PLANETA

Las élites estadounidenses están embarcadas en una estrategia muy riesgosa, enfocada a evitar que su hegemonía mundial, que creían asegurada después de la desaparición de la Unión Soviética en 1991, se les siga escapando de las manos, con la creciente presencia económica china y la reafirmación de Rusia como competidor en materia militar.
No por nada, los directores de las agencias de inteligencia de Washington se la han pasado insistiendo que ambos países constituyen la principal amenaza para los Estados Unidos[1], dejando por fin en segundo plano, el que fue por casi dos décadas el principal peligro a su seguridad, es decir los grupos terroristas islámicos.
El gobierno de Donald Trump ha decidido llevar al punto máximo de presión (todavía no está ahí) la relación con China y Rusia, lo que se conoce como “brinkmanship”[2], esto es, casi al borde de la confrontación militar; con objeto de situarse en una posición negociadora ventajosa.
Con China, ha aplicado una guerra de aranceles y medidas de persecución judicial y bloqueo comercial contra empresas chinas de tecnología, con el fin de disminuir el déficit comercial que Estados Unidos tiene con el país asiático; detener, hasta donde sea posible, el reto tecnológico de los chinos en informática, inteligencia artificial y robótica, poniendo trabas y hasta persecución legal contra las principales corporaciones chinas (principalmente Huawei, que busca el liderazgo en el lanzamiento de la red 5G); y, bloquear el crecimiento chino en el mercado estadounidense y en el de sus principales aliados (Europa y Asia-Pacífico).
De la misma manera, intenta contraponer a la estrategia china de expansión comercial, industrial, financiera, y de comunicaciones y transportes, conocida como “Nueva Ruta de la Seda”, una estrategia con India, Japón y Australia en la región Indo-Pacífico[3].
Sostiene también su alianza político-militar y el apoyo al régimen de Taiwán; así como su presencia militar en el Mar del Sur de China, desafiando la postura de Beijing de construir islas artificiales en dicho mar, con el objeto de reclamar derechos soberanos sobre una gran parte de los recursos naturales de esa zona.
En Africa, la enorme penetración del capital chino ha llevado a Estados Unidos (junto con Francia e Israel) a aumentar su presencia militar y política en el continente, para contrarrestar la influencia de Beijing, pero cobijando dicha presencia con la lucha antiterrorista[4].
En América Latina, la estrategia de Estados Unidos ha sido apoyar política y económicamente a las oligarquías locales para derrotar electoralmente, o a través de golpes de Estado “blandos” a los gobiernos progresistas que se opusieron a Washington en la primera década y media del presente siglo; y que ahora han sido sustituidos en la mayoría del continente por gobiernos aliados de Washington (Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Paraguay, Perú. Honduras, Ecuador). En la mayoría de estos países el capital chino había estado incursionando de manera constante, pero la derechización de los nuevos gobiernos y su alineamiento con Estados Unidos hace prever un menor crecimiento de la presencia china en la región y hasta un retraimiento.
Ante el éxito de Washington en su estrategia de recuperación del control de su “patio trasero” latinoamericano, ahora se ha lanzado con mayor agresividad a eliminar los últimos bastiones anti Washington en la región; señaladamente Venezuela, en donde China ha hecho inversiones y préstamos importantes; y ya ha anunciado abiertamente que sus siguientes objetivos de cambio de régimen serán Nicaragua, Cuba (con todo el peso histórico que la isla tiene en la historia de las relaciones de la región con Estados Unidos) y Bolivia.
Con Rusia, la relación se ha deteriorado por iniciativa estadounidense, desde el momento mismo en que Vladimir Putin no aceptó que Estados Unidos y Occidente en general, expandieran su área de influencia económica, política y militar hasta las fronteras mismas de Rusia, ni que apoyaran provocaciones de países adyacentes a Rusia (Georgia en 2008, Ucrania en 2014).
De la misma forma, la decisión del Kremlin de apoyar a su aliado en Siria, Bashar el Assad, para no ser depuesto por los mercenarios y terroristas pagados y organizados por Occidente, Israel y las monarquías sunnitas del Golfo Pérsico, propiciaron una rusofobia histérica en las élites estadounidenses, al punto de la autoflagelación, al inventar una supuesta intervención rusa en las elecciones presidenciales de 2016 (y posteriormente en las legislativas de 2018), con el inventado objetivo de ayudar a la elección de Donald Trump y para erosionar la democracia estadounidense.
La realidad es que Rusia, al reafirmar su papel como potencia militar y geopolítica que debe ser tomada en cuenta; y negarse a aceptar la extensión de la influencia occidental hasta sus fronteras, se convirtió en un obstáculo mayúsculo para los planes hegemónicos de Washington y sus aliados; que se han puesto como objetivo volver a subordinar y humillar a Rusia, tal como lo hicieron después de la caída de la Unión Soviética, durante el des gobierno del dipsómano Boris Yeltsin.
De ahí la catarata de sanciones económicas contra Rusia los últimos 5 años; las permanentes acusaciones contra Moscú por supuestos envenenamientos a exespías rusos; o “ataques” a aviones comerciales; o intervención, ya no sólo en las elecciones de Estados Unidos, sino de prácticamente todo el mundo; o de “ataques cibernéticos” en distintos países, principalmente Estados Unidos, etc.
El objetivo es mantener cercado y bajo constante presión al gobierno de Putin, no solo para disminuir su margen de maniobra internacional; sino para alimentar un creciente descontento interno en su contra, que eventualmente pueda llevar a un cambio de régimen en Moscú.
Ahora Washington ha anunciado que desde mañana suspenderá sus obligaciones dentro del Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio[5], aduciendo que ha sido Rusia la que ha violado dicho tratado, y esgrimiendo también que las restricciones establecidas en el acuerdo sólo eran aplicables a ambas potencias, dejando al resto de países fuera de dichas obligaciones, lo que lo hace obsoleto.
La verdadera razón es que el gobierno de Trump quiere llevar a un nivel todavía mayor la carrera armamentista con Rusia, con objeto de imponer una carga tan elevada a la economía rusa, más las sanciones que Estados Unidos y Occidente le vienen aplicando desde hace un lustro (desde la anexión de Crimea), con objeto de quebrar a la economía rusa (repitiendo la estrategia que aplicó Reagan en la última etapa de la Guerra Fría con la URSS). Y al mismo tiempo, creando un nuevo sector dentro de las fuerzas armadas estadounidenses, relativo al espacio exterior (un ámbito que había sido explícitamente prohibido por Naciones Unidas, para usarlo con fines militares), con la intención de obligar al Kremlin a expandir sus gastos en esta área, tal como lo hizo también en su momento Reagan, con su fantasiosa “Guerra de las Galaxias” en los años ochenta del siglo pasado.
A todo lo anterior se suman las sanciones y las amenazas de guerra de Washington contra Irán en Medio Oriente y Venezuela en América del Sur, en donde el objetivo es lograr cambios de régimen favorables a Estados Unidos (y en el caso iraní, a Israel y Arabia Saudita); y al mismo tiempo, controlar las enormes reservas petroleras de ambos países, para tener el dominio del mercado mundial de hidrocarburos.
Tal cantidad de conflictos y compromisos autoimpuestos de la potencia hegemónica le está obligando a replantearse su presencia en algunas zonas, como Siria y Afganistán, en donde sus coaliciones han sido derrotadas, por lo que su presencia en ambos países resulta inútil. De ahí que lo lógico sería que el retiro de tropas de ambos países no generara mayor discusión, pero los “halcones” del complejo-militar-industrial-de seguridad, los grupos de presión identificados con Israel y Arabia Saudita; los gobiernos de estos dos últimos países y los neoconservadores que dominan el Congreso[6] y la política exterior y de seguridad nacional del gobierno estadounidense, han iniciado una histérica campaña para que eso no suceda, y es muy probable que logren su objetivo.
Toda una estrategia mundial, que pretende mantener la hegemonía estadounidense a como dé lugar, deteniendo el crecimiento e influencia en materia económica y tecnológica de China; y la presencia geopolítica y estratégica de Rusia, que está elevando las tensiones entre las superpotencias a niveles muy peligrosos, y que en cualquier momento podría llevar a un mal cálculo que pueda desatar la Tercera (y última) Guerra Mundial.